Lágrimas disecadas

La sociedad te reprime tanto los sentimientos que te lleva a una afectación significativa de la salud mental, física y emocional, con repercusiones que tendrás a corto, mediano y largo plazo en la vida

Por Paula Andrea Lainez Soto – Jhon Mario Marín Dávila

Ilustración por: svnddlsnts (Alex)

Prohibido sentir

Luego de algunos días de entrenamientos y partidos, donde los compañeros me decían que daba vergüenza lo mal que jugaba o que este deporte era para varones, de personas con fuerza y competencia, la convocatoria para pertenecer al equipo de fútbol del colegio terminó. Estos comentarios me llenaban de rabia, tristeza, indignación, frustración, sentimientos que tuve que tragar, puesto que me dominaban las ideas, con las que crecí, de ser un hombre fuerte que no muestra su debilidad, que no llora ante cualquier situación y que podía ser el mejor en todo sin importar las circunstancias. 

Era el gran día de la selección y tenía una gran fe de que pasaría, solo quería que los demás no me vieran como alguien malo en el futbol, una vergüenza o un fracasado, un hombre que no sirve para este deporte. Tenía la convicción de pasar, no porque fuera el mejor jugador, sino porque tuve el compromiso de asistir a todo y de hacer el esfuerzo por demostrar que podía ser útil y un buen futbolista.

El entrenador nos reunió a todos al lado de la cancha y sacó una lista con los jugadores que representarían al colegio en los torneos intercolegiados; fue llamando y ya había mencionado 8 y no escuchaba mi nombre; empecé a sentir un nudo en mi garganta, una sensación muy extraña, pero seguía con la fe intacta. El entrenador mencionó el ultimo nombre de los seleccionados y no era el mío; el nudo de mi garganta se apretaba con cada segundo que pasaba, el tiempo lo empecé a sentir muy lento y mis ojos se empezaron a aguar, sentía que iba a explotar, pero como una olla a presión me contuve.

Una voz rompió mi momento de tensión diciendo que pasáramos para los salones y dije para mis adentros: ¡qué bien!, pero no pasó ni un segundo para escuchar los comentarios de los otros niños: tan débil: cómo va llorar, véale esos ojos aguados, vea que si no pasó es porque es muy malo, vaya mejor a jugar juegos menos bruscos, entre otros. Y como me enseñaron a no derramar ni una lágrima, mostré valentía, aunque estaba destrozado.

Solo quería que el día acabara, llegar a casa y que no hubiera pasado nada. Pero al llegar a mi casa mi vecino, que estudiaba en el mismo colegio, le había dicho a mi mamá que yo me había puesto a llorar, porque no me escogieron para representar al colegio en los intercolegiados de fútbol. Esto era aún más decepcionante para mí, defraudar a mi familia, lo único que hice fue quedarme callado e irme a mi pieza a encerrarme; sentía tanto desespero, ansiedad, dolor en todo el cuerpo, que solo quería llorar, pero mis lágrimas estaban disecadas, porque en mi mente estaba escrito que los hombres no lloran.

Que importa lo que sientas

Adriana estaba preocupada por su amiga, porque le contó que al salir con su novio a un evento estuvo llorando por una discusión que tuvieron. El novio, en vez de consolarla y escucharla, lo que hizo fue molestarse con ella y decirle: “Lucía, si no dejas de llorar te bajas de la moto y no vas al evento”. Este hecho llamó la atención de Adriana, no solo porque se dio cuenta de cómo este hombre violentaba a su amiga, sino que además observaba cómo la llenaba de inseguridad, estrés, malestar físico y mental toda la situación, aunque ella no lograba identificar con exactitud si sus emociones en realidad eran una exageración como su compañero le decía.

Esta situación con su amiga llevó a Adriana a recordar y cuestionar estas frases que ha escuchado en boca de sus amistades: “Una no puede demostrar lo que siente porque después se la toman por boba”. Cuando ha compartido su vida junto con parejas no ha faltado quien la tilde de “loca” o “exagerada” por expresar sus sentimientos, y pocas veces intenta hablar del tema, pues considera que todo el mundo da la misma respuesta: “Es que usted no puede demostrar a nadie lo que siente porque a nadie le importa”. Sin embargo, ella seguía preguntándose por qué el juicio recae sobre quien se expresa abiertamente y no sobre quien se aprovecha o hace caso omiso de ello. ¿Por qué la sensibilidad es concebida como algo malo y no el cohibirse de ella? ¿Por qué se castiga con tanta severidad la sensibilidad? ¿No es acaso una característica que nos une?

Una vez Adriana consoló a su amiga, se fue a tomar el bus para su casa y durante el trayecto escuchó a un grupo de adolescentes hablar, una de ellas dijo: “No mi amor, yo soy una bichota muy empoderada y no lloro”, para Adriana eso era bastante conflictivo porque entendía y celebraba que existiera una mayor libertad para las mujeres a comparación de otros tiempos, pero le parecía bastante peligroso el discurso de para que no te lastimen no puedes llorar, hay que aguantar todo y seguir. O hay que culpar a quien expresa sus emociones. Adriana, por experiencia, sabía que eso estaba muy lejos de la realidad y, además, traía afectaciones físicas, mentales y emocionales.

En el bus, Adriana tomó su celular, miró sus redes sociales y lo primero que apareció fueron imágenes con frases como: acéptate, no llores y sé feliz, no demuestres tus inseguridades, empodérate, el tiempo de dios es perfecto, si tú eres así o estás así es porque quieres. Todo esto la puso a pensar en la carga tan grande que genera el “empoderarse” y cómo se debe demostrar algo que ni siquiera se siente o se debe cohibir el sentir para lograr cumplir con lo que dicen que es una mujer empoderada, llegando al punto de culparse por no lograr los estándares como si tuvieran que darle explicaciones al mundo, el mismo que dice no importarle cómo se siente.

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