Rebelión de los oficios inútiles

Darío González Arbeláez

Portada de la novela de Daniel Ferreira

“[…] los números no tienen rostro, ni sufren, ni gritan […], las estadísticas son lápidas sobre la amnesia y el olvido, y el olvido es un crimen que le concierne a otro, una fotografía dice al observador aquí están seiscientas mil toneladas de cabezas cortadas, véanlas”.

Estas son las palabras que usa Geovanni Orozco, fotógrafo del periódico La Gallina Política-Prensa Libre, para demostrarle a su amigo Joaquín Borja, director y redactor del mismo periódico, en qué consiste el valor de la fotografía. Empero, es indiscutible que el argumento del fotógrafo resulta extensible también a la escritura, en particular a la literaria, ya que para esta los sujetos son los que importan, y no las cifras. Un buen ejemplo de ello es la novela colombiana Rebelión de los oficios inútiles (Alfaguara, 2014), de la cual son personajes Geovanni Orozco y Joaquín Borja.

La novela inicia con una narración acelerada del redactor de La Gallina Política, en la cual registra sin pausas cada uno de los nombres y oficios de los miembros del Sindicato de Oficios Varios que fueron asesinados, desaparecidos, torturados o detenidos después de invadir los predios del terrateniente Simón Alemán: “[…] esta historia comienza con el cacaotero Benigno Durán, quien es detenido […], esta historia comienza con el electricista y trapichero Zacarías Arrieta el día que una patrulla […], esta historia comienza con el tornero Antonio Blas, líder del Sindicato de Oficios Varios”.

El primer capítulo de la Rebelión de los oficios inútiles, a la guisa de la fotografía de Geovanni Orozco, no es reducible a cifras, porque no enumera cuántos fueron los desaparecidos, detenidos y torturados por las fuerzas del Estado, sino que los nombra, les imprime vida y, después, enuncia los hechos bajo los cuales fueron flagelados. Además, este primer capítulo anuncia la injusticia, la represión estatal y la persecución de sindicalistas.

Una espantosa realidad que refleja la Colombia de principios de la década del setenta: campesinos y trabajadores sin techo, censura de medios de comunicación, persecución sindical, fraude electoral, represión militar, etcétera, etcétera. Un contexto histórico que no corresponde, por supuesto, a una decisión arbitraria del autor, sino a un fin programático del mismo; pues, la Rebelión de los oficios inútiles es la tercera de una serie de cinco novelas sobre la violencia colombiana, antecedida por: La balada de los bandoleros baladíes (2010) y Viaje al interior de una gota de sangre (2011). Y sucedida —hasta ahora— por: El año del sol negro (2018).

Su autor, Daniel Ferreira, un chucureño —santandereano— de cuarenta años, que ha bautizado al conjunto de sus novelas como: “pentalogía de Colombia” o pentalogía de la violencia, tiene como propósito con este conjunto de obras conjurar el caudal de violencia que ha heredado, para al fin superarlo. Al menos, así se lo dejó saber a la periodista Alejandra Rodríguez Ballester en una entrevista realizada para el Clarín de Argentina: “Me interesa la violencia por lo que provoca en las sociedades, en la gente que perpetra los crímenes, la gente que los sufre y la gente que tiene que reconstruirse a partir de eso. Cuando escriba la última pieza, quiero borrar este tema de mi vida. Es un tema que estoy exorcizando con esto, una forma de curarme de mi propia infancia, de lo que yo viví”.

Y es que cada una de las novelas de Ferreira se inscribe dentro de un periodo o hecho determinante para la historia política de Colombia: la primera, por ejemplo, da cuenta de la década del noventa y de las hordas de paramilitares e insurgentes; la segunda se inscribe dentro de la década del ochenta y evidencia el poder del narcotráfico; y, la cuarta, versa sobre la batalla de Palonegro, durante la Guerra de los Mil Días.

En cuanto a la tercera, la Rebelión de los oficios inútiles, se ambienta en la década del setenta, como ya se mencionó; y narra los hechos que antecedieron y precedieron a la invasión de los predios en los cuales se construiría “el condominio Club Kiwanis”. Aunque, en particular, cuenta la historia de Ana Dolores Larrota, Joaquín Borja y Simón Alemán. La primera, un personaje histórico, líder del Sindicato de Oficios Varios y encargada de comandar la invasión de los más de dos mil destechados: “[…] avanzaba, despacio, la anciana. Tenía el pelo muy blanco y partido en dos moños trenzados, como espigas de trigo que le escurrían sobre los hombros. —Ana Dolores —le dijo el hombre de las tenazas—: las antorchas ya deben verse desde el pueblo. —Mejor: así sabrán que la protesta iba en serio”.

El segundo, Joaquín Borja, un joven periodista y literato que compromete todo su capital, incluyendo su herencia familiar, en la compra y sostenimiento de un periódico de oposición por medio del cual defiende la legalidad de la invasión, denuncia los excesos de las autoridades militares y sigue de cerca las desapariciones: “[…] fundé este periódico para acompañar a un pueblo, para narrar sus luchas y necesidades, para contar sus tragedias inéditas”. Y, finalmente, Simón Alemán, un terrateniente alcohólico y taciturno que dilapida toda su herencia en la construcción de un proyecto megalómano que él mismo diseñó.

A través de estos tres personajes: una anciana comunera, un periodista crítico y un terrateniente alcohólico, Daniel Ferreira nos ofrece un retrato realista y conmovedor de la Colombia de principios del setenta —que no difiere mucho de la actual—. Una narración polifónica, y no lineal, que explicita la violencia institucional, una de las formas de violencia que se ha enquistado en todo el aparato estatal, y que estimula la indolencia de las personas frente a las injusticias, como lo confirman las palabras de Joaquín Borja: “[…] sin saber si el pueblo se había vuelto loco, o por qué no salía, por qué seguía resguardado tras las puertas y los mil cerrojos, asomándose por hendijas mientras las bombas explotaban frente a los periódicos y los sicarios atalayaban y el gobierno prohibía y los inocentes caían aplastados como moscas”.

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