Nuestras muertes invisibles

Por Edison David Ramírez.

Ilustración tomada de labarraespaciadora.com

¿Cuándo podemos suponer, con delirio de agonizantes, que ya somos un cadáver; un despojo con olor a tumba y recuerdos desvencijados? Los científicos dicen que uno está muerto básicamente cuando el corazón, los pulmones y el cerebro dejan de tararear como orquesta de Wagner. Los teólogos, no menos originales (aunque si más imaginativos), suponen que somos un manojo de huesos diletantes en el momento en el que percibimos ángeles, arcángeles, querubines, demonios, minotauros y místicos fiscales pesando en la balanza nuestros pecados en el mundo.

El modelo metafísico teísta implica que, si el susodicho finado fue un acérrimo jalador del ganso o un promotor desenfrenado de la poligamia, estará condenado, según el alucinado novelista y poeta Dante Alighieri, a pasar su linda eternidad en el segundo círculo del infierno; pegado con cemento a ilustres personajes como Cleopatra, Julia Bulette, Mesalina o María Magdalena. En contraposición, si el fallecido fue un imitador plausible de Sísifo en el Averno, cantará en latín, comerá gloria en forma de hostias gigantes y bailará champeta (con dos metros de distancia) junto a Sor Teresita de Calcuta, la madre Laura y Sor Juana Inés de la Cruz en alguna nubecita del cielo.

Puede que los metafísicos y los grandes científicos sean muy convincentes: la retórica también se expresa en una cuestión de datos, algoritmos y porcentajes desparramados. Pero la realidad es que un adulto promedio, especialmente colombiano, ya ha fallecido y ha cantado con la muerte villancicos, guascas y vallenatos más de un trillón de veces. Que uno termine, sin decir ni ¡mu!, en una cajita medio pintada y adornada con mil crucecitas, es una mera cuestión de redundancia.

En este paraíso tricolor de las balas y el destierro, iniciamos prudentemente nuestra relación con la muerte desde que estamos en el vientre: cuando nos cortan el cordón umbilical, ya tenemos en las vértebras de algodón, un pequeño camposanto. En la tibieza del útero, muchas veces uno esperaría ricos alimentos. Pero no. Esto por aquí no sucede. La madre promedio raras veces se alimenta decentemente. Un estudio realizado por Sandra Lucía Restrepo Mesa y Beatriz Elena Parra Sosa en el año 2005 sobre la nutrición entre mujeres embarazadas a nivel nacional demostró, por ejemplo, que un 41,3% de madres gestantes de entre 18 y 29 años se encontraba en estado parcial o avanzado de anemia. Las estadísticas entre los demás rangos poblacionales no fueron menos desesperanzadoras. Estos numeritos harían parecer optimistas a todos los libros escritos por Schopenhauer.

Al hombre en formación lo asesinan prematuramente, gracias a las carencias que le brinda deportivamente esta sociedad vil a la raíz y al espíritu de su progenitora. El neonato estará programado para tener enfermedades crónicas en su vida adulta, y, por supuesto, para ser una copia barata de Nicola Tesla, pues es muy posible que tenga retraso cognitivo tenue o severo. Cínicamente (uno no se explica cómo) los gobernantes de turno salen muy sonrientes con lápiz y todo, a preguntar por qué los niños en Colombia no se aprenden como lo hacen los aristócratas la tabla periódica, la teoría de la relatividad, el Seno, Coseno e Hipotenusa, la raíz cuadrada de X, el nombre de las capitales y la denominación científica de los reinos que pronto extinguiremos a punta de máquinas, pesticidas y motosierras.

Al nacer, si estamos de malas y hacemos parte de los miles de connacionales con enfermedades raras o huérfanas, nos pasaremos la vida de aquí para allá y de allá para acá montando tutelas, desacatos y peticiones; solicitando un tratamiento decente para nuestros males; degustando, entre trancones y rezos improvisados, la negligencia del intrincado y atascado sistema de salud colombiano. Es llamativo que aquí haya restricciones en contra del aborto, pero no en contra del aborto del que camina fuera del vientre. Nuestra moral patafísica es infinita, atemporal, cromática y versátil ¡Toda una epopeya macondiana!

Ah, pero eso sí, damas y caballeros, estimados lectores de esta tragicomedia, si nos estiramos, si llegamos a la escuela, nos espera otra guadaña bien afiladita: la que nos mata la imaginación. En las aulas el gran artista, el filósofo en potencia y el Beethoven de los Andes es fulminado con ecuaciones, sudokus y formulitas sin sentido. Por eso no es raro que Petra María Pérez, catedrática de Teoría de la Educación y miembro del Instituto de Creatividad e Innovaciones Educativas de la Universidad de Valencia, afirmara con cierta agudeza para el periódico La Vanguardia en febrero del 2012, que en definitiva: “Hay numerosas investigaciones que señalan que la creatividad de los niños decrece con los años de permanencia en el sistema educativo, de forma que la curiosidad y la búsqueda creativa da paso, con el tiempo, a comportamientos más rígidos, convergentes e inflexibles”.

Ya cuando crecemos, cuando el kínder, la escuela y el bachillerato nos han cortado la imaginación, el orgullo y las ganas, nos vamos de parque en parque, de cuadra en cuadra y de Tinder en Tinder buscando alguna Julieta o una Dulcinea fragante que comparta nuestros pesares…. Pero nada. Entonces, como una revelación divina, descubrimos que tenemos los bolsillos vacíos; que los pesos, los euros y las casas fastuosas mataron a cuchilladas nuestro amor medio desnudo. Nos damos cuenta, con el amargor de la adolescencia, que el afecto vale lo mismo que una camioneta de concesionario chiviado. Mamados, tristes, medio emos, medio baudelaires, leemos en periódicos como El Tiempo que emprendedoras como Kimberly Kilbride, una mujer norteamericana de 33 años, tiene un lindo negocio de abrazos, apapaches y arrunches sin sexo; con una tarifa, claro está, bien establecida: 80 dólares la hora y 400 la noche. Con los ojos desorbitados concluimos que ahora si somos más mercancía que personas. Que un corazón humano vale menos que una baldosa en el centro de Miami.

Ya un poco más viejos, siendo en el tercer piso ciudadanos decentes, nos metemos con risitas disimuladas a un trabajo con un sueldo miserable. Sin chasquear los dedos nos acostumbramos a que nuestro terruño, junto a otros países del Tercer Mundo, sea parte de la deshonrosa lista de las naciones en que se pagan los salarios más bajos del mundo.

No contentos con tener nuestra libertad desahuciada, nos vamos muy horondos a una entidad bancaria a pedir prestado para un carro, una casa, una muñeca de silicona o un televisor gigantesco. A los sesenta, con las arrugas y la senilidad al rojo vivo, buscamos ocupar nuestro tiempo en dos o tres trabajos: olvidándonos de nuestra imagen; matando ese residuo de belleza que queda escondida, temblando de frío, en alguna parte de nuestras miradas.

Si por X o Y razón nos logramos jubilar y compartir nostalgias con el cuarto de los chécheres, se nos ocurre ser lo que nunca fuimos y buscar al Beethoven o al Picasso de nuestro interior; pero ¡Oh sorpresa!, con horror descubrimos que las muertes de la escuela, el trabajo y el Estado se han llevado todo: las manos tiemblan, los ojos se nublan, la voz se apaga y la imaginación se pudre en la gravidez noctámbula de las neuronas somnolientas.

Al final de la vida, arrullados por la mecedora desteñida, contemplamos con glaucomas y cataratas las viejas tumbas que danzan frente a nosotros. Bostezando, entre dormidos, nos damos cuenta que somos un espíritu cóncavo, vaciado. Y ya, de pronto, un buen día nuestros cadáveres se juntan en uno solo. Las campanas suenan y el sepulturero cincela con golpes mecánicos una tumba desierta.

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