Desnudo a la virtualidad

Por Andrea Quinchía

Foto tomada de fecospec.org

La voz que la impulsó a hacerlo fue la de su amiga; su testimonio venía a sus oídos como una buena nueva prometiendo buenas ganancias por poco tiempo invertido, solo bastaba romper con el peso de la moral que le impedía quitarse sus ropas ante una cámara, aunque después se le fuera exigiendo cierto tipo de adiestramiento para llegarle mejor a los clientes, ciertas formas que su cuerpo debía adoptar para mantenerlos embelesados. Después se le exigiría cierta constancia con el tiempo, el cumplimiento de metas, el pago de otros servicios que no sabía de antemano que debía pagar y que daban como conclusión que el uso de su cuerpo, que la desnudez de éste estaba supeditada a los dueños y al manejo de aquellos que administraban la página y los medios materiales que posibilitan su conexión y, por ende, sus ganancias.

En un principio, la buena nueva de su amiga fue la que la empujó a ese cuarto adornado con lencería de tonos blancos, rojos y rosados; pero recordaba que lo que quería era tiempo libre y, además de éste, quería dinero para ir al centro comercial, para viajar y poder invitar a su madre y a su hija a disfrutar de las cosas que tal vez con un trabajo normal nunca conseguiría.

El peso de esos deseos, el de las vitrinas y la pulcritud de las luces del centro comercial, el de las relucientes y exageradas sonrisas que bombardean el caminar en círculos por ese dispositivo de endeudamiento y de la música que escucha a diario y que le habla de lujos y de carros, de placer, de playas y farras eternas, le ayudó a combatir el peso de la moral que le impedía quitarse sus ropas ante una cámara, una moral del trabajo que había confinado a su madre y ancestros al absurdo de tener que trabajar para comer y comer para trabajar. Por lo menos con este trabajo podía disfrutar de aquello que el sistema le ha sabido vender como ideal de vida, abrazar tangencialmente la identidad que la une con la esbeltez del maniquí que carga la ropa que le gusta.

Al deshacerse del peso de una moral, ha tenido que empezar a lidiar con el peso de la otra, del espacio donde se cruzan deberes y sentimientos, oferta y demanda, miedos y vacíos, deseos y soledades, la pérdida de su intimidad. Hablamos de Estefanía, una modelo webcam que tiene una hija de 5 años y que, al entablar una relación virtual con uno de sus clientes, comparte experiencias que pasan por lo sexual pero que no se agotan ahí; hablan también de sus familias, de sus sueños, de sus proyecciones, pero todo va medido por el tiempo y su equivalencia en pesos. Como es un espacio indeterminado, donde la moral que aparece se rige por las lógicas capturadas por una economía del deseo y este, a su vez, por las leyes de la oferta y la demanda, el cliente se desinhibe y le cuenta sus más profundas y cotidianas perversiones que vuelven presa a Estefanía.

Como un siniestro juego de roles de dominación, sabemos que la moral en el terreno de lo virtual también adquiere un peso, y en estas relaciones de oferta y demanda que recaen sobre el cuerpo se sienten cada vez más nítidas; el cliente le cuenta a Estefanía que parte de sus perversiones sexuales alcanzan a su hija y a su esposa, seguramente intuyendo con esto que dicho relato compromete a Estefanía con una violencia psicológica que la hace parte de un entramado de relaciones de opresión. Ahora Estefanía siente que si no satisface lo suficiente a su cliente, que, si no lo entretiene y lo enamora, este desfogará sus deseos con su mujer o su hija, que será responsable de lo que ocurra con la hija de su cliente, como si fuera su propia hija.

Las contradicciones en la idea de dignidad se cruzan, se chocan y dividen en el relato de Estefanía, la ponen en un punto de indeterminación en términos éticos, ella no sabe muy bien hasta dónde llegar, en qué punto debe decir no más, no puedo con esto y cerrar la videollamada; Estefanía reivindica su trabajo desde el anonimato, pero como no hay un soporte legal y hay un juzgamiento moral de la sociedad que pone en un lugar de suprema vulnerabilidad a las modelos webcam, las hace susceptibles de una violencia de género que pasa por lo emocional, lo corporal y puede llegar a niveles críticos para su seguridad y de su familia.

“Si bien, con muchos clientes he tenido conversaciones agradables, he aprendido de música, de literatura y otras cosas que no conocía, y siento que también les he ayudado a perder algunos miedos, algunas inhibiciones, también he vivido situaciones muy desagradables en las que no sé si continuar, pues me piden que me haga daño o que realice cosas contra mi cuerpo que no estoy muy segura si debo hacer, además que algunos clientes me confiesan sus fetiches y fantasías que sobrepasan niveles de maldad, como los pedófilos, los zoofílicos y así”. Lo dice Estefanía, aceptando nuestra invitación a tomarnos un café y a conversar sobre su trabajo como modelo webcam, y ante la pregunta por las razones que la llevaron a trabajar en esto, nos cuenta que la principal razón es la necesidad.

Cuando llegamos a este punto de reconocer la necesidad como primer motivante para desempeñarse como modelo webcam, Estefanía nos comparte su cansancio, que es común en muchas de sus compañeras, un cansancio que llega a tonalidades afectivas de profunda tristeza, angustia, incluso pánico: “Siento como un vacío profundo en mi estómago, que solo se ve disminuido cuando comparto con mi hija y mi madre en nuestras salidas a algún centro comercial o a algún paseo, pues me entretengo y no pienso tanto en lo que me toca enfrentar en mi día a día”. Al acompañar a Estefa a traer a la luz lo que encubren sus palabras e ilusiones, sorteando la imposibilidad de llegar al corazón de la modelo web-cam, nos encontramos con el sufrimiento de una mujer, joven, hermosa y deseosa de otras realidades, de otros sueños para ella y su familia.

  • Este artículo surge a partir de entrevistas realizadas a tres modelos webcam, tejiendo sus singularidades bajo una experiencia en común con el nombre de Estefanía.

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