Editorial No 62: Por una pedagogía del Buen Vivir

Portada: Life / Alfredo Vivero

Nadie sabe a ciencia cierta qué es eso del castrochavismo, lo cierto es que no existe como doctrina o corriente político-económica. Sin embargo, de pronto empezó a circular en nuestro país como si fuera un fantasma que hubiera echado a andar el uribismo para asustar a los que no seguían su catecismo, sobre todo a aquellos que tenían edad para votar y elegir a sus gobernantes, justo quienes, por definición, deberían tener la capacidad de pensar por sí mismos y enfrentarse críticamente a los discursos ideologizados y a los proyectos políticos que representaban y encarnaban.

Nunca el uribismo intentó siquiera definir al castrochavismo, llenar el concepto de sustancia, tal vez porque nunca lo necesitó. Simplemente lo nombró con tal vehemencia, lo acusó con tal saña que pareciera estar invocando al mismísimo demonio, igual que cuando vocifera contra el comunismo o la ideología de género. Ha sido este parte del repertorio fascistas desde tiempos inmemoriales: jugar con un lenguaje vaciado de contenido, pintarle a la oveja piel de tigre y exhibirla como la esencia de su fiereza felina. Para ello, tiene que garantizarse primero la ignorancia de las masas, de tal manera que se hagan incapaces de diferenciar en todo caso al tigre de la oveja, y, sobre todo, la pereza mental que las disuada de hacer siquiera el esfuerzo por diferenciar lo bueno de lo malo, dejándole el juicio a otros para que decidan por ellas. Y esa ignorancia y pereza sí que han sido cultivadas denodadamente por la élite colombiana desde la televisión, la escuela, la familia y la iglesia. Por eso podía un arzobispo reaccionario predicar desde el púlpito, a mediados del siglo pasado, que matar liberales no era pecado y lanzar a la guerra a miles de campesinos pobres a que se mataran entre sí, sin cuestionar siquiera por qué matar de pronto dejaba de ser un acto repudiable y más bien celebrado por dios.

Esa misma ignorancia y pereza mental (que ahora se cultiva esencialmente por redes sociales) explican hoy que la gente pueda aterrarse de pronto frente a un monstruo inventado como el castrochavismo, mientras permanece impávida frente al accionar frenético de la élite mafiosa que gobierna el país hace más de 20 años. El monstruo que ha creado una máquina de guerra (legal e ilegal) para matar campesinos y dejar desolados los territorios en manos de multinacionales que hacen florecer allí sus capitales, el que privatizó los servicios sociales que proveía el Estado, que sembró el territorio con fosas comunes, con miles de humildes jóvenes convertidos en falsos positivos, que les entregó a los ricos nuestro destino y pactó con narcotraficantes su permanencia en el poder, y que ahora mismo quiere crucificarnos con más impuestos para llenar sus arcas, ese monstruo no produce en las masas ningún espanto, mientras el castrochavismo simplemente las aterroriza.

Hay grupos bien pensantes que dicen que ese terror es parte del pasado y que el castrochavismo no atemoriza ya a nadie. Esta es solamente otra forma de ignorancia y de pereza mental que se niega a analizar las causas más profundas de la sinrazón en el mundo. El miedo al castrochavismo no es una actitud racional, sino que está arraigada en la subjetividad del capitalismo criollo que promueve un cierto fervor a la propiedad y a la riqueza sin importar su procedencia. La única acusación explícita, infundada, por cierto, que se le hace al castrochavismo es la de quererle arrebatar la propiedad a la gente: Chávez nunca avanzó en dicha dirección y en Cuba el proceso se dirige más bien a garantizar la producción por cuenta propia, garantizándole, eso sí, a los trabajadores y campesinos, los medios de subsistencia. Lo curioso es que en Colombia tanta gente desposeída y expropiada por la élite política mafiosa sienta tanto pánico de perder lo que ya no tiene o nunca ha tenido. En el fondo de este temor está la propiedad privada como ideal al que todos se sienten convocados a defender, así las evidencias demuestren que, en el capitalismo, y sobre todo en el capitalismo gansteril como el nuestro, la propiedad privada de los medios de subsistencia es la condición de explotación y opresión de las mayorías.

Este ideal es parte de la subjetividad de los individuos hoy y está arraigado en nosotros como segunda naturaleza. Por lo tanto, no se elimina simplemente con un discurso más racional y ni siquiera con contraevidencias empíricas que abundan por doquier. La construcción de nuevas subjetividades es un proceso más complejo que involucra la reflexión sobre todas nuestras prácticas en los diversos ámbitos de la vida. Acaso un primer paso en este sentido pudiera ser una estrategia pedagógica globalmente diseñada, pero aplicada en escenarios micros como la familia, los círculos de amigos y compañeros de trabajo. Una estrategia que explore nuestra propia psicología y nos cure del miedo irracional a algo que no existe y a perder lo que otros ya nos han expropiado: algo así como el miedo a perder la cola.

Esta estrategia que pondría la pedagogía, como un acto de amor, a circular en los escenarios más cotidianos de la vida, podría ayudarnos a fundar nuestra seguridad y esperanza, no en la propiedad que no tenemos, sino en la solidaridad y la fuerza del tejido vital entre los seres humanos y de estos con la naturaleza. Abriría, además, nuestra mente y nuestra actividad colectiva a la posibilidad de pensar en una sociedad sin propiedad privada o al menos en otras formas de apropiación individual y colectiva, algo que el capitalismo nos ha hecho creer que es imposible. En todo caso, esta estrategia recurriría a ejemplificar con otras formas de vida y de organización social, la posibilidad de poner en el centro de nuestros propósitos colectivos el buen vivir y no la riqueza abstracta.

Claramente, la lucha contra el miedo al castrochavismo, entendida como la lucha por construir una subjetividad no fundada en el ideal de la propiedad privada, no es una lucha electoral, sino mucho más estratégica, aunque podría contribuir a cambiar el curso de la historia en las próximas elecciones. Por su parte, un gobierno alternativo podría promover y facilitar esta lucha en la medida en que logre limpiar las instituciones de la cultura traqueta y de los traquetos que se han enquistado en ella; en la medida en que pueda poner freno a la matazón inmisericorde que hoy se promueve desde el mismo Estado y en la medida en que logre poner su política económica y el entramado institucional al servicio del buen vivir y no de la acumulación de capital.

Para ello tendrá que retomar algunos propósitos del Estado de Bienestar y trascenderlos, por ejemplo, enfocándose en la redistribución de la riqueza existente y no en la acumulación extractivista, orientando una política rural para promover el arraigo de campesinos, indígenas y comunidades afro bajo unas condiciones de vida digna y sólidos tejidos comunitarios, promoviendo una relación más horizontal y armónica entre la ciudad y el campo y diseñando una política que garantice la equidad de género y resalte la diversidad en todos los sentidos como parte de la existencia colectiva y no como un límite a la hegemonía de grupos privilegiados. Todas estas estrategias estarían apoyadas en una profunda reforma al sistema educativo para que no se centre solo en formar profesionales sino, ante todo, seres humanos. En ese sentido, la lucha electoral estará plenamente integrada a la lucha por construir una sociedad realmente humana, una lucha que se libra en muchos otros ámbitos, complementarios entre sí, de la existencia social e individual.

Contraportada: Siluetas de Colores, de la serie “Arte y Memoria” / Alberto Jerez

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