Una política de exclusión en la formación docente

Por Rubén Darío Zapata

Getty Images

Después del agua, el material más consumido en el mundo por la humanidad es el concreto. Él es la base de un edificio, un andén, una vía o un puente. Según explica el profesor R. (cuyo nombre reservamos a petición suya), el concreto es una roca artificial que el ser humano crea de manera muy fácil, porque está compuesto de una mezcla entre cemento, grava (piedritas o agregados gruesos), arena y agua. Con esos cuatro elementos se puede hacer concreto muy fácil en cualquier parte del mundo. Por eso es el material más producido y consumido a nivel mundial.

El profesor R., que enseña en una universidad pública de Colombia, hizo su doctorado en Proyectos, programa ofrecido por la Universidad Internacional Iberoamericana, en San Francisco de Campeche, en México. Su propósito era llenar un vacío existente en el medio y en la literatura sobre el concreto reciclado, ante el cual ha existido bastante prejuicio. “Aunque ya se tenían pruebas de la resistencia físico-mecánica -explica el profesor-, había todavía muchos vacíos respecto a su durabilidad”.

En su doctorado el profesor R. se propuso demostrar, y lo logró, que el concreto reciclado, confeccionado con escombros y residuos de construcción y demolición, sustituyendo los agregados naturales, los materiales no renovables de cantera y de río, es viable técnica, económica y ambientalmente. Y esto no solo desde las pruebas de su resistencia, sino también de su durabilidad, lo cual es muy útil en ambientes cada vez más contaminados como Medellín, Bogotá o México.

La resistencia de los materiales, según el profesor R., se suele ver desde su capacidad de tracción y de tensión. Pero en un ambiente como el de Medellín, cargado con CO2, una leve lluvia o brisa se entra en un poro del concreto y con el CO2 que hay ahí se come el cemento y puede hacer colapsar una estructura. Ese era el vacío que R. se proponía llenar con la utilización de materiales reciclables en la elaboración del concreto.

El concreto que uno puede ver en una loza, en una columna o en un andén tiene un porcentaje de piedra y arena, materiales de relleno, que a veces llega hasta el 80 y el 85% de sus componentes. Lo que hizo el profesor R. fue sustituir en porcentajes muy importantes, entre 20, 30, 50 y hasta 100% esos materiales que se arañan de cantera o se sacan de un río, por escombros. Al final, esos escombros, en vez de ir a generar un problema paisajístico y de ocupación de lotes, se resucitan y se incorporan a un nuevo ciclo como nuevo concreto.

Por otro lado, en medio del ejercicio sistemático de investigación de laboratorio para su tesis, al profesor R., se le prendió la luz, como él mismo dice, en varias cosas. Acaso la más importante tiene que ver con la forma de hacer la mezcla, que resolvió el problema de la porosidad en el concreto. Por moderno que sea el concreto -explica R.-, siempre se hace la prueba del asentamiento en cualquier parte del mundo. Esta consiste en que el material del concreto se mezcla en pequeñas cantidades de una forma determinada. “Experimentando con esa mezcla yo hice algunos descubrimientos, de los que obtuve dos patentes. Pues uno de ellos cambia la prueba del asentamiento, después de 100 años de haberlo hecho de una forma menos eficiente. El otro cambia la manera de mezclar manualmente el concreto, después de 120 años de hacerlo igual”.

Desde siempre, cuando el profesor R. mezclaba sentía que estaba haciendo efectivamente una roca artificial. Pero cuando entendió el proceso químico se le ocurrió una analogía con una figura poética que le es bastante familiar. “Yo decía que el cemento lo que hace es abrazar los otros materiales de la mezcla y fundirlos en un solo material. Pero, ¿qué pasa cuando uno se da un abrazo flojo? Se rompe ese lazo con la novia o el amigo. Eso era lo que en el caso del concreto explicaba la porosidad. Pero si el abrazo es cada vez más cerquita, más fuerte, más denso, entonces cierra todos los poros”.

R. se dio cuenta de que el cemento, tal y como lo hacemos hoy, no abraza bien a la piedra ni a la arena, aunque superficialmente parezca que sí. “Lo que hice fue acudir a unos microscopios que inicialmente nacieron para otras cosas, como microscopías electrónicas, y me metí en la microestructura del concreto. Entonces vi que, en efecto, el abrazo no era el que uno esperaba”.

El cemento es, según lo define R., un material sediento, que pide a gritos agua. Y es hermoso ver que cuando le llega agua él inmediatamente adquiere vida. “Si uno lo ve en un microscopio es como si le llegara la vida a borbotones y libera mucha energía en ese momento. Comprendí entonces que lo que debía hacer era echarle la grava y la arena cuando ese cemento esté alegre y activo a causa del agua; entonces, en medio de esa alegría, él los abraza y se funde con ellos, en un abrazo tan fuerte como el que se dan los hinchas de un equipo cuando este mete un gol”. Las pruebas de laboratorio mostraron efectivamente una mezcla muy concreta, indisoluble, que se había logrado solamente por este procedimiento, sin necesidad de aditivos especiales ni supermateriales.

Lo que siguió después fue el proceso de patentación, que duró casi seis años. Y una vez obtenidas las patentes, el profesor R. decidió donárselas a la humanidad, sin cobrar nada por ellas.

Rayando con lo absurdo

El profesor R. hizo la defensa de su tesis en San Francisco de Campeche, ante tres jurados que decidieron otorgarle unánimemente la máxima distinción que la universidad otorgaba. A raíz de eso ha establecido una relación fraterna con las universidades mexicanas y otras de Latinoamérica y Europa para dictar conferencias sobre todo en construcción sostenible, campo en el que hoy es toda una autoridad.

Después de la graduación, lo que seguía eran unos simples trámites para que el Ministerio de Educación en Colombia convalidara el título, lo cual, según la normatividad vigente, podía demorarse entre tres y seis meses. R. empezó a preocuparse cuando, pasados los 22 meses después de entregar los documentos al Ministerio, no recibía ninguna respuesta. La situación empezó a inquietarlo más cuando se enteró de que muchos profesores de su misma universidad y de otras de Colombia que hicieron sus doctorados en otros países habían tenido que poner derechos de petición y luego tutelas ante el Ministerio, después de casi dos años o más para recibir respuesta a su proceso de convalidación.

Al final, R. recibió una respuesta del Ministerio en la que le negaban la convalidación de su título de doctorado. Los argumentos eran muy escuetos y a veces muy confusos. Un argumento fue que el artículo derivado de su investigación, que finalmente se publicó en una revista de construcción de la Universidad Católica de Chile, se demoró muy poco tiempo en ser aceptado. Los evaluadores, sin embargo, no consideraron que para el momento de ser aprobado el artículo la revista estaba rankeada en la categoría más alta, A1, no solo de Publindex, como lo exige Colciencias, sino de Scopus. Tampoco revisaron que desde la fecha en que se publicó el artículo, hasta la evaluación, había sido citado en una cantidad grande de artículos en revistas muy bien rankeadas en Latinoamérica y el mundo y se había convertido prácticamente en una referencia obligada de consulta para los estudiosos del tema. Y lo más importante, no tuvieron en cuenta que la normatividad ni siquiera exige que el artículo haya sido publicado, sino simplemente que haya sido sometido para su publicación en una revista muy bien rankeada.

Un argumento adicional para rechazar la convalidación del título de doctorado era que el programa tenía, supuestamente, muy pocos créditos en comparación con lo que se exige en Colombia. Y eso era cierto. En Colombia los doctorados todavía son de 140 y más créditos. Pero en todo México los doctorados, ajustándose a la media internacional sugerida incluso por la OCDE y varios convenios internacionales, han bajado de cuatro años y medio a tres, y de 140 créditos a 75 o 90. El doctorado que hizo R. tenía 90 créditos.

Pero, además, la respuesta del Ministerio de Educación colombiano ignoraba un tratado de la Haya, según el cual los países son admitidos en este convenio, si cumplen con todos los criterios de calidad internacional para su formación de posgrados, y México había sido admitido en dicho convenio. Y en ese sentido, la convalidación de los títulos es realmente un trámite que parte de la confianza que cada país tiene en el otro y de saber que el título es oficial y reconocido por el Ministerio de Educación de dicho país. Por eso, explica R., lo primero en que uno se fija cuando se inscribe en un doctorado en otro país es que cumpla con esos criterios y que sea reconocido internacionalmente.

Por último, el Ministerio de Educación en Colombia alegaba que las materias ofrecidas por la Universidad Internacional Iberoamericana no se correspondían con un doctorado en Proyectos. “Y eso ya es ir muy lejos- cuestiona R.-, pues descalifica una universidad y un proceso doctoral que tiene una historia bastante sólida a nivel de Latinoamérica en este campo. Y además ignora que México tiene una tradición en formación de posgrado mucho más sólida que la colombiana y que, hasta el 2018, muchos colombianos hicieron su doctorado en la Universidad Internacional Iberoamericana, y muchos en Proyectos, sin ningún problema para su convalidación”.

Una verdadera pandemia

En medio de su propia tragedia, el profesor R. descubrió que no son 10 o 20 los profesores que han hecho doctorado en el exterior y han visto recientemente negada su convalidación sin que medien argumentos sólidos por parte del Ministerio de Educación. Hoy se cuentan por centenares. De hecho, descubrió un blog (https://blogs.eltiempo.com/esto-le-pasa/2019/12/11/convalidaciones-titulos-postgrados-colombia-2/) de un periodista muy penetrado con el tema, en el que se menciona una firma de abogados de Bogotá que ofrece sus servicios para atender las demandas de estos profesores contra el Ministerio. En este blog también se pueden leer varias historias aterradoras de esos profesores.

Hay muchos profesores que hicieron sus estudios de doctorado mediante una figura que se llama Comisión de Estudios. Consiste en que la universidad donde trabaja el profesor le quita su carga laboral para que se pueda dedicar al doctorado, y le sigue pagando su sueldo normal cada mes. El compromiso es que el profesor debe graduarse en un tiempo determinado y solo puede considerarse graduado hasta que tenga su título convalidado. Si no logra cerrar el proceso, la universidad lo demanda y lo obliga a devolverle todo lo que le ha pagado durante los años en que estuvo dedicado al doctorado, que en algunos casos puede llegar hasta los 300 millones de pesos. Por esto mismo hay en todo el país profesores desesperados poniendo en venta sus apartamentos, sus carros y todo lo que tengan para pagar la multa, porque, si no lo hacen, se quedan sin trabajo y, además, la penalidad les impide presentarse a otra universidad pública.

Los que no tienen nada que vender no tienen más remedio que acudir a los abogados para apelar la decisión del Ministerio, pero este tampoco es un procedimiento garantizado. “Yo también estuve averiguando lo de un abogado -cuenta R.-, pero me di cuenta que es un procedimiento muy costoso, muy desgastante y muy largo: nadie sabe realmente cuánto puede demorarse ni si resultará exitoso. De todas maneras, la pelea es contra el Estado, esta vez representado en el Ministerio de Educación”.

R., entonces, decidió mejor no insistir en un proceso legal contra el Ministerio, pues, además, aunque al final de varios meses o años gane el caso, el dinero del abogado tiene que salir de su bolsillo, pues en estas condiciones no hay ninguna indemnización, lo único que se logra es que te convaliden el título y que eso se reporte en un aumento de tu escala salarial. R., sin embargo, tiene una ventaja que no tuvieron los profesores que hicieron su doctorado con Comisión de Estudios o con préstamos, y es que lo hizo con una beca. Así que puede tragarse su orgullo y continuar trabajando en la universidad. Los otros están en una encrucijada desesperante: deben responder ante la universidad o ante el banco, y para ello tienen que vender lo que tengan o buscar un buen abogado y pegarse de los santos para que les haga el milagro.

Lo peor es que, según R., esta parece ser una política de Estado: la de no convalidar títulos del extranjero a menos de que sea de universidades de élite como Harvard u Oxford. Parece una política de clase que busca bloquear el ascenso de los profesores de clases bajas que, ante la falta de oportunidades de posgrados en el país, logran abrirse camino en el extranjero. Así, la misma carrera docente parece estar ya reservada para los privilegiados de las clases opulentas de este país, que pueden hacer sus doctorados, sin ninguna dificultad, en las universidades de élite del país o del extranjero.

EFE/Vanguardia

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