El convite como estrategia de construcción comunitaria

Por Víctor Andrés Muñoz Marín

La crisis cada día se agudiza más. La oligarquía, por ser cada día más mezquina, más egoísta y más antinacional, está lanzando todos los días nuevos contingentes del pueblo a la lucha revolucionaria. Cuando un hombre o una mujer no tienen nada que perder -ni siquiera un empleo con salario de hambre-, cuando al participar en la lucha lo tiene todo por ganar y solo sus cadenas por perder y cuando ésta es la situación de todo un pueblo, significa que la hora de nuestra liberación está cada minuto más cercana”. Camilo Torres Restrepo – Amor eficaz.

Fotos: Martín Mira, líder comunitario del barrio San José la Cima

El convite es la reunión de individuos, grupos y organizaciones sociales, dadas alrededor del fogón cuando las condiciones materiales lo requieren; es la acción colectiva y política de los pueblos, acaecida ante la ausencia del Estado y la inoperancia de la administración pública, a la hora de atender necesidades básicas insatisfechas y garantizar una vida digna. Arley Úsuga, habitante del barrio Santo Domingo 2 y líder comunitario, indica que “el convite es la respuesta que tienen las periferias, los olvidados, a la precariedad causada, en términos de la teología de la liberación, a un empobrecimiento por un sistema negligente y un Estado ausente”. Del mismo modo, Andrés Castaño, integrante de la escuela popular Víctor Jara, define el convite como “el símbolo de la creación, pero también de la construcción constante del territorio. Significa autonomía y autogestión a la vez que integración comunitaria, no necesariamente por los habitantes de un mismo lugar sino de quien se quiera sumar”.

Esta definición nos lleva a reflexionar acerca de la necesidad de reivindicar el convite como estrategia de resistencia y lucha colectiva, a causa del margen crítico de exclusión y de pobreza en el que hoy se sume el pueblo. Según indica el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), durante el 2020, 230 mil personas salieron de condición de ocupación en Antioquia y 139 mil personas quedaron en situación de desempleo, 118 mil solo en el Área Metropolitana del Valle del Aburrá. Es un balance de desempleo ascendente, sube 5 %, pasando del 11,7% en 2019 a 16,7% en 2020. La encuesta de Pulso Social realizada por el DANE, señala que el 56,6% de los habitantes de Medellín no tienen condiciones económicas suficientes para satisfacer necesidades básicas como la alimentación o acceder al sistema de educación superior, y el 69,6 % no tiene posibilidades de ahorrar parte del salario; y el 84,5 % no tiene forma de comprar, construir o remodelar vivienda en los próximos 2 años.

Además, Fedesarrollo señaló que la inflación de enero de 2021 en Colombia fue de 1,6 %, indicando que el costo de vida será muy caro durante el año; aun así, el presidente Iván Duque confirmó un proyecto de reforma tributaria, encabezado por el ministro de hacienda Alberto Carrasquilla, que pauperizará los hogares obreros y populares con el encarecimiento de bienes y servicios. Es cierto que el Covid-19 agudizó la crisis social y económica, evidenciada con el empeoramiento de los indicadores de desempleo y pobreza, el aumento de empleo informal; en Medellín, por ejemplo, subió de 40,8% a 42,2 %, con un aumento de 1,4%. Pero la crisis la pagan los sectores populares: según revela OXFAM, la fortuna de los multimillonarios del mundo creció cerca de 12 billones de dólares en medio de la pandemia.

Ante estos indicadores de precariedad social, Andrés Castaño señala que “debemos darnos cuenta de que somos parte de sistemas vivos, donde se activa infinidad de conexiones que van desde embellecer un lugar, volverlo funcional para el transporte o disponerlo para el cultivo de alimentos. Por eso es necesario retomar el convite, dejar de lado el individualismo y la competencia para trabajar en cooperación y así seguir defendiendo la vida que nos dan nuestros territorios”.

El convite ha sido y es parte de la historia de la periferia de Medellín y ha contribuido a la construcción de su tejido comunitario, desde el proceso de asentamiento a mediados de la época de los 80s hasta la actualidad, solucionando problemas de vivienda, agua, alcantarillado, luz y alimentación. Andrés Castaño menciona que “aquellas construcciones colectivas (unas escaleras, una casa, una caseta comunal, etc.) quedan gravadas en la memoria de sus habitantes y eso lo hace más valioso y potente porque nos da a entender el significado de la solidaridad que puede construir tejido comunitario inclusive con personas que no sean mis vecinos”.

Es decir, su acción en sí misma es anticapitalista, puesto que se arraiga en defender los derechos colectivos, buscando solucionar problemas de fondo en las comunidades; no es fugaz, está en constante dinámica, propiciando espacios de diálogo y acción política. “Pensar en el bien común -aclara Andrés Castaño- es anticapitalista y, en general, cualquier práctica a la que le demos el sentido de expandir nuestra conciencia y reconocer nuestras potencialidades como sujetos históricos que trabajamos en contextos particulares es anticapitalista”.

Diego Giraldo, integrante de la fundación Anhelos de Juventud, explica que “en parte el convite construye sujetos políticos que marchan, cuestionan y critican las instituciones del Estado, pero sobre todo que crean lazos entre colectividades y comunidades. De esta manera, en cada coyuntura de desarticulación social podemos utilizar el convite como base política para exigir atender problemas estructurales no intervenidos por el Estado. Aparte de convocar al trabajo, invita a la acción política que permite generar una cohesión que construye tejido social”.

El convite adquiere un significado de acción colectiva y social sobre el territorio, utilizada por los pobladores como un mecanismo de resistencia y de lucha popular que más allá de embellecer un espacio forja una base política desde las comunidades. “Si reconocemos lo que ha sido el convite para las periferias, empezaremos a cambiar las problemáticas que hay en los territorios y a incentivar unidad, porque su acción es políticamente consciente y radical para apropiarse del territorio y defender la vida”, concluye Arley. Hoy más que nunca es necesario volver al convite y forjar sujetos políticos desde la base social de las comunidades, para emprender un camino de lucha y resistencia con los sectores excluidos por el sistema y el Estado.

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