La otra cara de la “alternancia” en el regreso a clases

Por Ányela Heredia

Mucho se ha hablado del regreso a clases en modalidad de alternancia, pero poco se ha dicho realmente sobre lo que ello implica. Las instituciones como el Ministerio y Secretarías de Educación, las Alcaldías y, sobre todo, los medios de comunicación, han acusado de manera muy olímpica a Fecode y, en general, a los maestros de no querer regresar a las aulas de clase.

Fuente: Revista Vereda Los Alpes

Más allá de la misma preocupación por los riesgos que conlleva para la salud en el contexto actual de la pandemia por COVID-19, se trata de aclarar lo que la llamada alternancia implica para los docentes e instituciones educativas en términos prácticos.

Al principio de la pandemia, los docentes, como toda la población, fueron sorprendidos por las medidas de confinamiento. Las escuelas y colegios públicos enviaron a sus estudiantes a vacaciones repentinamente. Además de enfrentar la incertidumbre sobre la pandemia, los docentes se vieron abocados, de un día para otro, a concebir todo un sistema de enseñanza virtual y de acompañamiento personalizado para los estudiantes.

Manuel Salvador Vallejo, docente de ciencias sociales en la Institución Educativa Porcesito, del municipio de Santo Domingo, Antioquia, cuenta que nadie estaba preparado para eso. “En nuestro caso, recibimos la orientación de atender a los estudiantes por whatsapp, pues en zona rural la mayoría no tenía un computador y tampoco conexión a internet. Así que tuvimos que diseñar guías y talleres para enviarles por WP, pero para eso se necesitan equipos, había que escanear todo ese material, hacerlo comprensible para los muchachos y luego esperar a que desarrollaran los talleres y los devolvieran para calificar”.

Por supuesto, la cosa no era tan fácil. Los estudiantes no estaban acostumbrados a ese tipo de aprendizaje autónomo y necesitaban constantemente del acompañamiento y la explicación de sus maestros. Los padres de familia se enfrentaron a un rol que antes no asumían, o al menos no de manera tan integral, en el proceso educativo de sus hijos, y también se sintieron sobrecargados al tener que trabajar en casa, asumir las labores domésticas y encargarse de la formación de sus hijos. De manera que los docentes tuvieron que duplicar y hasta triplicar su trabajo para atender las necesidades de todos.

Jhonny Zeta, docente de la IE Presbítero Carlos Alberto Calderón en San Cristóbal, cuenta que, además de crear talleres y videos explicativos para los que no tienen conectividad y hacer las videoconferencias para los que sí tienen acceso a lnternet, el año pasado los docentes tuvieron que hacer un acompañamiento mucho más personalizado que nunca: “La pandemia evidenció muchas realidades; por una parte está el hecho de que los muchachos necesitan la explicación del profesor y, por otra, el incremento de problemas psicosociales, mucha depresión, malos tratos por parte de los padres, trastornos mentales, y la amenaza constante de deserción”.

Y a eso se suma el papeleo que tienen que llenar los colegios para hacer seguimiento uno a uno a los estudiantes con sus necesidades específicas. “Llevar los materiales impresos al colegio -comenta Jhonny-, ir a recoger los talleres resueltos, aclarar todas las dudas por teléfono o por WP, hacer el acompañamiento psicosocial personalizado… el asunto es mucho más complejo de lo que parece”.

“Yo tengo 260 estudiantes, comienzo a trabajar a las cinco de la mañana, hago una pausa para almorzar, descanso un poquito y continúo hasta las seis y media o siete de la noche” dice el profesor Vallejo, y continúa: “Desafortunadamente, toda esta sobrecarga de trabajo es en detrimento de la calidad de la educación, pues, por pura salud mental, no podemos exigirles mucho a los muchachos, ya que todos se sienten sobresaturados: ellos, los padres de familia y los profesores, también”.

Siempre mirando a otra parte

Así como los modelos pedagógicos en la educación colombiana, el modelo de alternancia que se pretende aplicar en el país es una copia de lo que se ha hecho en otros países; sin detenerse a reflexionar sobre las particularidades de nuestro contexto, la Secretaría de Educación de Medellín, por ejemplo, pretendía que todas las instituciones educativas del municipio estén aplicando la alternancia a más tardar el 10 de marzo.

“Son como cien puntos que tiene que cumplir el protocolo de seguridad. Pero aquí en Porcesito son los padres de familia quienes han organizado jornadas de trabajo para hacer el mantenimiento del colegio durante la pandemia”, porque la institución dice que no puede contratar personal de apoyo. “No hay lavamanos suficientes ni los recursos para instalarlos y la Secretaría de Educación dice que no desembolsa los recursos para el personal de apoyo si no entramos a la alternancia, pero tampoco podemos aplicar la alternancia sin el personal de apoyo que garantice el aseo”, afirma el profesor Vallejo.

En Medellín la situación no es distinta. Según el profesor Jhonny en su colegio no han podido comenzar a aplicar la alternancia porque no cuentan con los recursos tecnológicos ni las instalaciones adecuadas. Hay sobrepoblación de estudiantes. Los grupos son de 45 o 48 personas y para cumplir con el protocolo de bioseguridad en sus aulas solo podrían estar entre 12 y 15. Así que un profesor tendría que dividir su grupo en tres y también atender, no solo dos, sino tres modalidades diferenciadas de estudiantes: los que se acogen a la alternancia, los que no se acogen a la alternancia y quieren recibir sus clases por internet y los que no se acogen a la alternancia, pero tampoco cuentan con conectividad y continuarían con los talleres en físico.

Sin embargo, las directrices de las Secretarías de Educación son perentorias: todas las instituciones educativas estatales y las contratadas por cobertura, sin excepción, deben aplicar el modelo de alternancia. Así las cosas, casi toda la responsabilidad recae sobre los profesores: la atención de acuerdo a las necesidades de cada estudiante (mediante el diseño de estrategias pedagógicas ajustadas), el apoyo psicosocial, el apoyo administrativo (con los constantes informes que deben llenar para alimentar las estadísticas de las instituciones) y también la responsabilidad en el cumplimiento de los protocolos de bioseguridad. “¿Usted se imagina a los profes controlando a los muchachos para que no se abracen, que no se besen, que no se compartan la comida en los descansos? Porque si se contagian, van a venir a reclamarnos a nosotros”, concluye el profesor Vallejo.

Aquel “paraíso” en el que las instituciones cuentan con espacio suficiente en las aulas y los profesores pueden dictar sus clases libremente acompañados de una cámara profesional y la conectividad para garantizar la semi-presencialidad de los demás estudiantes por internet, debe estar por allá en Suecia o Estados Unidos. Aquí será con las uñas, corriendo todos los riesgos, en un país incapaz de garantizar la vacunación preventiva para sus ciudadanos, atentando contra todas las condiciones laborales de los docentes y en total detrimento de la calidad de la educación. No obstante, desde el punto de vista de los docentes para quienes la educación es una pasión, es necesario volver a las aulas y entregarlo todo con la misma resiliencia que han asumido su labor hasta ahora en el contexto de la pandemia.

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