Historia de resistencia comunitaria en la 28

Por Víctor Andrés Muñoz Marín

Foto: Andres Muñoz

A mediados de la década del 70 e inicios de los 80, en Colombia se dio un despliegue guerrillero en contra de la política estatal; en paralelo nació el narcotráfico en el país que, junto con el paramilitarismo (Muerte A Secuestradores -MAS), cercano al Ejército y la Policía, hostigaban a la población civil, desapareciendo, masacrando y desplazando forzadamente a quienes resistieran con el trabajo comunitario, político y de base. Por otro lado, la implementación estatal de un discurso y modelo de desarrollo y progreso, generaba impactos políticos, económicos y culturales negativos en los territorios y en las comunidades.

Muchos pueblos desplazados llegarían de las subregiones de Antioquia al Valle del Aburrá, no preparado para recibir esa gran cantidad de personas golpeadas por la violencia y el desarrollo económico. Llegarían a una ciudad con grandes índices de desempleo, problemas de pobreza y déficit de vivienda. Ante la falta de gestión de la Administración local, los convites construían, con dificultades, barrios en las periferias de la ciudad. Martín, líder comunitario y habitante del sector de la 28, ubicado en el barrio San José La Cima parte alta, en la comuna 3 de Medellín, comenta que “el barrio nació hace aproximadamente 50 años, con la llegada de desterrados por el conflicto armado, el progreso y el desarrollo, y la persecución sistemática del mismo Estado. Buscando formas de solucionar el problema de vivienda, los recién llegados se volcaron a las periferias y con convites buscaron resolver sus problemas habitacionales”.

No obstante, los gobiernos de turno en Medellín no los acogieron y más bien generaron momentos de fuertes crisis, ocasionando desplazamiento intraurbano, sin solucionar problemas de vivienda, acceso a servicios públicos, educación y empleo. “Los alcaldes y gobernadores -explica Martín – intentaron desalojar estos predios, pero la resistencia de los fundadores de la 28 pervivió; mediante convites y trabajo colectivo, el sector resistió a otro desplazamiento forzado, hasta que el índice de pobladores aumentó y se legalizaron varios sectores, lo cual significó el cobro estatal del impuesto predial, que estas familias no podían pagar por sus condiciones económicas”.

Entre tanto, en estos territorios empezaba a posicionarse el narcotráfico, sobre todo a finales de los años 80 y toda la década del 90. A partir del 2000 impusieron su terror allí los paramilitares, generando, igual que el narcotráfico, incertidumbre y zozobra en los habitantes. Esta violencia, con el pasar de los años, empezó a provocar desalojo forzado y repoblamiento urbano. Martín comenta que antes, “cuando empezaron a construir ranchos, llegaron las milicias 6 y 7 de noviembre del ELN (Ejército de Liberación Nacional). Ellas ayudaron a hacer cunetas para el desagüe de aguas lluvias, escalas y caminos. Pero después, en la época del 2000, llegaron allí, persiguiendo a las milicias las AUC (Autodefensas Unidas de Colombia) y se tomaron el barrio con ayuda de la Policía y el Ejército. Muchos inocentes huyeron, pero otros cayeron muertos debido a esta dinámica”.

Con dificultad económica y todo el peso de la violencia, entre convites y reuniones comunitarias La 28 tejió territorio, utilizando la unión como método de resistencia, con el apoyo de organizaciones estudiantiles y colectivos populares aledaños. Así, en el 2018 surgió la idea de conservar el aspecto rural del sector, recuperando espacios degradados por masas de basura, promoviendo la práctica del apoyo mutuo y la autogestión.

Prácticas que propugnaban por garantizar la soberanía alimentaria aumentaron la participación de la comunidad para habitar y trenzar el territorio desde otra forma. Según Martín, “para recuperar el espacio y constituir el territorio con otra mirada, se hizo la propuesta de generar huertas agroecológicas, en conjunto con la Escuela Popular Víctor Jara y otros colectivos. Con niños, niñas y adultos se dio inicio a la construcción de escenarios de participación política, mediante la educación popular para crear tejido comunitario”.

Participación dada con el desarrollo de reuniones entre semana y fines de semana, propiciando una relación más intensa entre los pobladores, intercambiando semillas, abonos y todo conocimiento sobre el cuidado de las huertas. Esto intensificó la importancia de construir el territorio utilizando la unión. Para Martín, el territorio es “la casa de uno, donde uno se cría y cuida su hogar. Al hogar hay que quererlo, tanto al espacio como a sus habitantes, construyendo un territorio sin rivalidades, libre de competencias, procurando por la colectividad e incentivando el respeto”.

En los convites han organizado sancochadas, canelazos, bazares, bingos, tomas artístico-culturales y talleres; también se han entregado kits escolares y mercados. Martín dice que en estos convites han participado “el Partido FARC (Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común), la Escuela Popular Víctor Jara, Renacer de la Magia, algunos estudiantes de la UNIMINUTO, la U. de A. e integrantes de la Colombia Humana, quienes han acompañado el proceso de construcción territorial, con la participación política de cada uno y cada una”.

Los convites en la 28 han sido una respuesta colectiva y propia para satisfacer necesidades básicas insatisfechas; por tanto, esta propuesta no ha sido ajena a los efectos de la actual coyuntura de salud pública y crisis económica que generó escasez de recursos económicos para la subsistencia, en la mayoría de los hogares del sector, evidenciada con la exposición de los trapos rojos en las ventanas y balcones de las casas. Martín cuenta que en la 28 “la pandemia trajo mucha necesidad, por no tener con qué pagar gas, luz, internet para los que tenían, y para los que no, el encierro fue peor. Se evidenciaron muchas familias con necesidad; gente desempleada; muchas familias precarizadas no tenían ni para comer. Con la cosecha de la huerta pudimos recoger auyama, espinaca, plátanos, yuca, pimentón y sidra, pero no calmó el hambre de todas las familias, porque lo producido no correspondió a la cantidad de pobladores del barrio. Colgamos trapos rojos en cada una de las casas, hicimos peticiones, pero la ayuda fue poca”.

En el 2020 y en lo corrido del 2021, se han hecho convocatorias a la comunidad y colectividades en general, para generar acciones para el buen vivir de los habitantes del barrio, obteniendo como resultados la planeación y consolidación de la Junta de Acción Comunal, a la que cada vez se unen más personas de la comunidad, que reconocen la importancia de unirse a las acciones, especialmente en estos momentos de crisis. El líder comunitario en mención comentó que “el pasado domingo, 24 de enero del presente año, convocamos a un convite para limpiar y ajustar un terreno, para construir una zona de paz con las huertas agroecológicas. A este convite llegaron pobladores del barrio y colectivos de distintas zonas de Medellín, que le apuestan a un cambio desde el buen vivir”.

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