Capitalismo de vigilancia

Por Darío González Arbeláez

Ilustración de Yovany Piedrahita

Durante la primera semana de enero del 2021 los usuarios de WhatsApp fueron informados de una actualización que se realizaría en las próximas semanas a las políticas de privacidad de la aplicación, la cual debían aceptar si deseaban continuar con el servicio de mensajería instantánea. Como ya es bien sabido, la actualización establece que la aplicación adquirirá el derecho de compartir con las demás empresas pertenecientes a la compañía Facebook información de los usuarios.

La decisión reactivó la preocupación social respecto al papel de la vigilancia en los sistemas digitales y el peligro que representa para la intimidad. Aunque dicha preocupación se haya agotado tan pronto como se conoció el aplazamiento de la actualización.

Al respecto, vale la pena preguntarse: ¿Solo hasta ahora las redes sociales quieren compartir nuestra información con otras empresas? ¿No lo ha hecho antes? ¿Qué hacen con toda la información que voluntariamente les entregamos? Acaso nos hemos cuestionado ¿cómo se financian estas empresas? ¿Por qué no nos cobran en dinero la descarga de aplicaciones y su uso?

La respuesta es simple: nos cobran con información, con datos; como lo confirma la periodista Yolanda Valery, en un artículo publicado el 18 de julio de 2016 en el portal BBC Mundo: “No pagas tu correo ni tu servicio de videos en dinero contante y sonante, sino en datos […] ‘la información es la nueva moneda de cambio’”. Pero, ¿de qué les sirve a estas empresas recolectar datos e información sobre nosotros? ¿Para venderla?

Sí, para venderla; aunque el procedimiento no se reduce a la simple recopilación de cientos de datos sobre cada uno de los usuarios. Estas compañías venden predicciones sobre sus gustos, intereses, deseos, comportamientos, miedos, etc. A través de ingeniosos y complejos algoritmos
—inteligencia artificial— filtran los datos y caracterizan y perfilan a los usuarios como potenciales compradores de productos y servicios.

Para ello es indispensable una gran cantidad de datos: comentarios, publicaciones, interacciones —me gusta, no me gusta, visitas, clics—, aplicaciones que usa, el tiempo que les dedica y, por supuesto, toda la información personal ofrecida al momento de abrir una cuenta.

Pero, por sorprendente que parezca, este modelo de negocio es más viejo que Facebook y las otras redes sociales que conocemos. Fue creado por la compañía Google en el 2000 como un servicio de publicidad personalizada que les permitía a sus anunciantes dirigir sus campañas a un público objetivo, perfilado de acuerdo con los datos de sus búsquedas en el explorador de Google y, por supuesto, con toda la información de sus correos electrónicos. De acuerdo con la periodista Lucía Blasco, en un artículo publicado el 1 de marzo de 2019 en el portal BBC News Mundo, “Google vendió a sus anunciantes la predicción que salió de su ‘caja negra’, combinada con su acceso exclusivo a datos computacionales”.

De este modo, Google abrió un mercado que continuaron explotando las demás compañías surgidas en la primera década del 2000, Facebook entre ellas. Un mercado en el que se negocia exclusivamente con los datos de los usuarios; algo lejano a las filantrópicas intenciones de estas compañías: “Nuestra misión es organizar la información del mundo para que todos puedan acceder a ella y usarla” (Google); “Ofrecer a las personas el poder de crear comunidades y hacer del mundo un lugar más conectado” (Facebook); “Detrás de cada decisión está nuestro deseo de permitir que las personas puedan comunicarse sin barreras en cualquier parte del mundo” (WhatsApp).

Esta nueva lógica de mercado ha sido definida por Shoshana Zuboff, socióloga y economista norteamericana, como “capitalismo de vigilancia”, ya que las millonarias ganancias de estos emporios informáticos son producidas por los datos que todo el tiempo están recolectando de nosotros: desde la cantidad de clics que hacemos en una página hasta la carpeta de “Borradores” de nuestro correo electrónico. Esos cientos de millones de datos les permiten vender a sus anunciantes una predicción más acertada de nuestros intereses y gustos.

Aunque cabe señalar, como lo sostiene Lucía Blasco, que esta nueva forma de capitalismo no es reducible a una o dos compañías en particular, pues su lógica se extiende a todos los ámbitos económicos. Inclusive, existe una serie de compañías tecnológicas que ofrecen su servicio a entidades públicas y privadas para la recolección y análisis de datos.

Un caso ejemplar, al respecto, son las entidades financieras, que están usando este medio con el fin de determinar si una persona cumple con las condiciones para un crédito, como lo confirma Fernando Duarte, en un artículo publicado el 3 de febrero de 2018 en el portal BBC World Service: “[…] la capacidad de pagar un crédito ahora es evaluada por algoritmos que acumulan datos de distintas fuentes, que van desde patrones de compra hasta búsquedas en internet y actividad en redes sociales”.

Pero, del mismo modo que es imposible reducir esta nueva forma de capitalismo a una o dos empresas, es impensable que la computadora y el teléfono inteligente sean los únicos dispositivos electrónicos a través de los cuales ofrecemos datos a dichas compañías. Como sostiene Patricia C. Serrano, en un artículo publicado el 8 de junio del 2019 en elEconomista.es: “Tu Smart TV te observa. Pero también tu teléfono, tu coche, tu robot de limpieza, tu asistente de Google y hasta esa pulserita que monitoriza el número de pasos que das. Una pista: todos los productos que llevan la palabra Smart [inteligente] o incluyen la coletilla de ‘personalizado’ ejercen de fieles soldados al servicio del capitalismo de vigilancia”.

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