¡ESTE SÍ ES ESTADOS UNIDOS!

Por Renán Vega Cantor

“Estados Unidos es el único país del mundo que ha pasado de la barbarie a la decadencia sin pasar por la civilización”.

Oscar Wilde

Los hechos le dieron la vuelta al mundo, porque fueron transmitidos en vivo y en directo. Lo que acontecía no estaba pasando en una “República Bananera” o en un protectorado de los Estados Unidos o la Unión Europea, sucedía en Washington, en El Capitolio, que hasta ese momento era presentado como un lugar inmaculado de la pretendida democracia estadounidense. Grupos de manifestantes se habían dado cita a las afueras del Capitolio para impedir la nominación oficial de Joe Biden como presidente No. 46 de los Estados Unidos.

Ese numeroso grupo de personas fue alentado por Donald Trump, a través de las redes sociales, y estaba conformado por muchos hombres (pocas mujeres), mofletudos, blancos, rubios, que portaban en sus manos banderas del siglo XIX, de la época de la guerra de secesión (1860-1865), que simbolizan la esclavitud de la población negra. Los manifestantes gritaban arengas disparatadas, propias de los grupos de la extrema derecha, entre las que decían que Joe Biden es comunista, que se debía impedir la implantación del socialismo en Estados Unidos y la imposición del ateísmo. En un momento inesperado, reviviendo imágenes de las guarimbas en Venezuela o de los comandos paramilitares en Bolivia, las turbas de ultraderecha empezaron a penetrar en lo que se supone es uno de los lugares más seguros y resguardados del planeta, y un buen número trepó como hombres araña por las paredes del edificio.

Muchos de los que invadieron el Capitolio estaban armados, portaban chalecos antibalas e iban disfrazados en forma grotesca. Destruyeron unas cuantas oficinas, se sentaron en los escritorios de algunos congresistas, siendo el hecho más difundido el de la ocupación de la oficina de Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes. Los ocupantes del Capitolio dijeron que estaban defendiendo el triunfo electoral de Donald Trump, que se le había hurtado en forma fraudulenta y repetían a coro: “Estamos salvando a Estados Unidos”. En el capitolio se tomaron muchas selfis, colocaron una horca en un lugar del edificio y permanecieron cerca de una hora en su interior.

Uno de ellos, quien llevaba el disfraz más estrafalario (un casco de bisonte que lo asemejaba a un Olafo hecho realidad, pero muy patético), un tal Jacquie Angeli, afirmó textualmente que ellos estaban haciendo algo que debía hacer el pueblo de Venezuela: “ustedes deben seguir nuestro ejemplo y recuperar su país”, así como nosotros “elegimos a nuestro presidente”. La toma se parecía más al carnaval de Río de Janeiro, por su tinte grotesco, que a un intento serio, planeado y organizado de dar un golpe de Estado. El carácter grotesco era aparente, porque los fanáticos de Trump portaban un mensaje de odio y de muerte, lo que quedó en evidencia al final de la jornada, donde hubo un saldo de seis muertos, dos de ellos policías. En el asalto, los guardias mataron a una mujer, Ashli Babbit, seguidora a ultranza de Trump y que había formado parte de las fuerzas armadas de Estados Unidos durante 14 años, es decir, alguien diestra y especializada en el “arte” de matar.

Fuente: https://www.elperiodico.com/es/internacional/20210107/jake-angeli-hombre-disfrazado-casco-11439420

Como a lo que sucede en Estados Unidos se le atribuye una importancia especial en el resto del mundo, por aquello del colonialismo y la dependencia, este bufonesco intento de golpe de Estado fue transmitido en vivo y en directo, de forma similar a como se transmitieron los atentados del 11 de septiembre de 2001. Locutores y periodistas del establecimiento mediático estadounidense y sus miles de clones regados por el orbe se desgañitaban porque se estaba atacando a la democracia más genuina y estable de la historia y se había mancillado el recinto sagrado de esa democracia, el mismísimo Capitolio.

Ese fue el mensaje que se difundió en forma dominante y desde ese momento se replica por periodistas, políticos, analistas internacionales, todos los cuales no ocultan su tufillo liberal. Quien expresó más nítidamente ese mensaje fue el presidente de Francia, Emmanuel Macron, al decir que lo sucedido era una negación de la esencia democrática de Estados Unidos. Esto no es Estados Unidos señaló en forma lacónica. Se trata de convencernos que lo que está pasando en las entrañas del monstruo no es propio de Estados Unidos, como si en forma súbita unos marcianos hubieran descendido del más allá para aterrizar en Washington y contaminar a los inmaculados estadounidenses con su orgía de sangre y horror, como sucede en la novela de G.H. Wells La Guerra de los mundos.

Pero lo que vimos el 6 de enero muestra el verdadero rostro, pleno de racismo, violencia, misoginia, clasismo y muerte que distingue a los Estados Unidos desde que existe como país, en 1776. Estos 245 años han estado plagados de espantosos crímenes, dentro y fuera de territorio estadounidense, que soportaron primero los indígenas y los negros esclavizados y luego los mexicanos y latinoamericanos, después los habitantes del mundo entero. Entre los múltiples crímenes debe recordarse golpes de Estado, apoyo a gobiernos títeres y asesinos, destrucción de proyectos populares, bombardeos (cuya cota máxima fue el lanzar dos bombas atómicas sobre Japón), patrocinio de la tortura, la desaparición forzada, el saqueo, guerras contra pueblos enteros, como en Vietnam, Irak, Afganistán y un interminable etcétera.

Para quienes han vivido en carne propia la criminalidad estadounidense no les sorprende lo acontecido el 6 de enero, que resulta siendo un vulgar sainete si lo comparamos con la brutalidad que caracteriza al poder imperialista de Estados Unidos, cuyo cortejo de violencia y muerte es interminable. Los que se sorprenden son aquellos que creyeron, ingenuamente en el mejor de los casos o cínicamente en el peor, que Estados Unidos es el faro de la libertad, la democracia, la justicia, los derechos humanos… todo lo cual no pasa de ser un pésimo chiste.

Esos que se sorprenden simplemente se niegan a aceptar que los sucesos del 6 de enero son un indicador de la decadencia de los Estados Unidos, una pesadilla que desvela a sus lacayos de Europa, entre los cuales se encuentra Francia. Al fin y al cabo, los Estados Unidos, como lo dijo Óscar Wilde, siempre fueron bárbaros, dentro y fuera de casa, y esa barbarie se muestra con su racismo, su brutalidad, su individualismo extremo, su odio visceral, su crasa ignorancia…, rasgos que exhibían sin pudor los fanáticos que penetraron en el Capitolio, una entidad untada de sangre de la cabeza a los pies e involucrada en crímenes de lesa humanidad.

Que esos fanáticos no son una excepción y representan a los Estados Unidos, queda confirmado con una sola cifra: los 75 millones que votaron por Trump en las elecciones de noviembre de 2020. Esa es la muestra de que la barbarie en los Estados Unidos es una constante en su historia y nada indica que en el futuro inmediato las cosas vayan a ser diferentes, si se tiene en cuenta que Joe Biden ha estado involucrado durante 36 años (como senador y vicepresidente) en guerras del imperialismo contra el mundo periférico, lo cual es una garantía de que Estados Unidos va a seguir sembrando caos y horror, con impunidad, para regocijo de aquellos a quienes les sorprende lo de Washington pero no el dolor y sufrimiento que Estados Unidos genera en Palestina, Venezuela, Irak y por doquier.

Como bien lo dijo William Blum, en su valioso libro Estado Villano: desde 1945 “los Estados Unidos intentaron derrocar a más de cuarenta gobiernos extranjeros y aplastar más de treinta movimientos populistas-nacionalistas que luchaban contra regímenes intolerables. En este proceso, los Estados Unidos ocasionaron el fin de la vida de varios millones de personas y condenaron a muchos millones más a una vida de agonía y desesperación”. Con esos antecedentes, no hay nada de qué sorprenderse por lo que aconteció el 6 de enero, es la corroboración doméstica de una criminalidad de larga duración que tiene un sello de exclusividad indiscutible: Made in USA.

Horca improvisada en el Capitolio, en Washington, el 6 de enero de 2021. 

Fuente: https://www.chicagotribune.com/espanol/sns-es-potentes-simbolos-de-supremacismo-blanco-en-toma-de-congreso-20210114-5sr67u5hyvavbluquovrvohlse-story.html

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