Entender nuestra historia, mirar el mundo y sospechar el universo

Por Jhonny Zeta

Alfredo Molano, Foto: Agencia Prensa Rural

Aunque el mundo siga jodido y rejodido como antes, qué falta hacen esos caminadores de la palabra sincera y franca que se nos han ido en los últimos años. Desde García Márquez (2014) y Eduardo Galeano (2015) hasta los vuelos más recientes con Ernesto Cardenal, Óscar Chávez, Rubem Fonseca, Quino, y muchas mujeres y hombres que no figuran en la historia amañada, quienes, pese a la muerte física, por sus maneras de caminar la palabra, de mostrarnos el mundo, han terminado por ser más jóvenes que nosotros mismos.

Detrás de una montaña hay otra montaña

Esta frase se la repetía un colombiano de a pie a sus hijos, hijas y nietos cada que podía. Era un hombre que molaba y no, porque decía lo que se le daba la gana como muchos periodistas arrebatados, con la diferencia que a esta última especie casi nunca se les ha pasado la Colombia apartada y lejana por las narices y los pies. Era también un hombre con templanza y espíritu firme, un Alfredo, Bravo, que defendía los toros, criticaba el vínculo de la guerrilla con el narcotráfico y se peleaba con la academia. La clase política y la derecha lo acusaban de rojo, porque sabía enrostrar las verdades sobre los temas de minería y cultivos de uso ilícito confrontando estadísticas, discursos, intereses y fenómenos para-lelos. Era el Molano que escuchaba y contaba de los campesinos y sus éxodos, de las luchas y suplicios de los bastantes, las verdades de un país que lleva toda su historia intentando resolver el conflicto armado, un fenómeno que se alimenta de esa otra gran verdad que es la concentración de la tierra como causa permanente de las guerras.

Él, Alfredo Molano Bravo (1944 – 2019), criado en la finca de sus padres, entre las faldas montañosas de la Calera, saltó a las grandes urbes y capitales de Colombia y el mundo para saber mirar atrás y encaminar el oído hacia las historias del país rural ignorado. Pensaba que:

Oír las voces de la gente no fue suficiente. Para no usurparlas, había que escribirlas en el mismo tono y el mismo lenguaje en que habían sido escuchadas… Entendí que los relatos podían servirles de espejo para que se reconocieran y recabaran en la fuerza que, sin saberlo, cargaban.

Tuvo que pasar largo tiempo para que el mundillo intelectual entendiera el quiebre epistemológico que perseguía Molano, quien reconocía como referentes puntuales de sus apuestas a las tres personas que le permitieron su primer round con la academia: Orlando Fals Borda, Camilo Torres Restrepo y Eduardo Umaña Luna.

Llevar la voz de los olvidados a los oídos de la academia y las organizaciones internacionales le costó la renuncia a un doctorado en la Escuela de Altos Estudios de París, la cancelación de contrato como docente por apoyar los paros, un exilio para él y su familia patrocinado directamente por la casa Castaño, la desaparición y el asesinato de varios de sus compañeros de trabajo, y muchos suplicios asumidos con estoicismo porque nunca suspendió su objetivo de conversar con las voces que habitaban la selva, el llano, los ríos y quebradas de esa otra Colombia que se resistía y se resiste a morir en el olvido.

Antes de su muerte física abonó el camino de la paz como comisionado frente al esclarecimiento de la verdad, la convivencia y la no repetición en los departamentos de Meta, Caquetá, Guaviare, Casanare, Vichada, Vaupés y Guainía.

Cartas a Antonia

Un domingo por casualidad llegó a mis manos las Cartas a Antonia, libro póstumo de Alfredo publicado por su hijo a finales del 2020.

El libro trabaja el género epistolar y de diario, logrando una fuerza magnética con la que Molano le va contando a su nieta las historias de su infancia (la de ambos). Lugares, recuerdos, gustos y sentires ofrecen una visión caleidoscópica de la vida en la que emerge la familia colombiana, caracterizada por clases sociales, por costumbres, por dolores y sueños. Es el libro más íntimo del autor, teniendo en cuenta que dedicó su vida entera a ser la voz de otros. Es el abuelo, el periodista, el sociólogo, el caminador de la palabra abriendo su corazón para revelarnos su sentir y el de Antonia respecto al futuro de las selvas y los ríos, su amor por los caballos, los viajes familiares, los recuerdos y pesares de un territorio que va cambiando de colores:

Me temo que el Llano se está acabando como tantas otras cosas que hemos querido. Como los Koguis con su silencio, como los negros con su alegría, como los ríos, como las selvas.

La última parte del libro está dedicada a relatar su suplicio con el cáncer de garganta, los diagnósticos de médicos y especialistas, las preguntas por la vida y la existencia. Cartas a Antonia finaliza con los discursos de Alfredo Molano cuando recibió el título de doctor honoris causa y el Premio Simón Bolívar a la vida y obra de un periodista. En ellos queda plasmado su modo de ver el oficio y la escritura:

Escuchar es limpiar lo que me distancia del vecino o del afuerano, que es lo mismo que me distancia de mí. El camino, pues, da la vuelta. Escuchar es casi escribir… Para mí, escribir es enfrentarme al ruido y al tiempo.

Habrá que seguir caminando la palabra con las nuevas generaciones, leyendo y releyendo el pensamiento de un hombre singular, sencillo y apasionado que caminó al menos veintisiete libros por trochas y caminos, decenas de artículos y reportajes contando las historias de los bastantes, de los olvidados que son la mayoría de la Colombia ignorada.

Historias que inician diciendo: cuando yo era niño -y a veces sigo siéndolo-, me iba a buscar…

Historias que seguirán invitándonos a:

Entender nuestra historia, mirar el mundo y sospechar el universo.

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