Quintín Lame y su legado

Por Chucho Rivas

Ilustración: Tomada de polimorfo.org

“Una de las principales razones que tienen los blancos para mantenernos en la opresión económica en que vivimos, más que el deseo de adueñarse de nuestro trabajo y de vivir del sudor de nuestras frentes, es el temor de que algún día podamos ser fuertes, capaces de reclamar con la fuerza nuestros derechos y de tomar nuevamente posesión de las tierras que fuimos despojados violentamente”. Manuel Quintín Lame.

Hablar de Quintín Lame es hablar de la lucha del pueblo Nasa y de otros pueblos indígenas del sur y centro-occidente colombiano, es hablar de la lucha franca y abierta de los pueblos indígenas en pro de la dignidad, el reconocimiento y la reconquista de los derechos arrebatados desde tiempos inmemoriales y que aún hoy se desconocen o mancillan por parte del Estado y las clases dominantes colombianas. De allí que Quintín Lame sea la figura más reconocida y emblemática en el ámbito del movimiento de resistencia indígena durante el siglo XX y aún en la actualidad, cuando le rinden memoria, siguen y reproducen sus enseñanzas en los procesos de “liberación de la madre tierra”, como lugar de encuentro, unidad y movilización, y particularmente en la Minga indígena como el gran espacio de pervivencia, resistencia y persistencia, convirtiendo la Minga en la dignidad que camina, ejemplo para el conjunto del movimiento popular colombiano.

Quintín Lame encabezó, desde principios del siglo XX, la lucha muy desigual del pueblo indígena del suroccidente colombiano por la recuperación de sus tierras, inscrita en un acumulado de factores históricos que se entrecruzaron para debilitar y cambiar las formas de resistencia, primero, por las consecuencias de debilidad, desarraigo y colonización impuestas por la derrota militar ante los invasores españoles; segundo, tras la independencia de España, por las políticas y normas anti-resguardo, como en el caso de algunas leyes dictadas en 1810, 1821 y 1850; y, por último, ante el despojo por parte de los terratenientes, en contubernio con las autoridades y gamonales locales desde el siglo XIX.

En 1910, Quintín Lame fue elegido “Jefe, Representante y Defensor General” de los cabildos indígenas de Pitayó, Jambaló, Toribío, Puracé, Poblazón, Cajibío y Pandiguando, cuando surgía un nuevo sector comercial agrario que expropiaba sus resguardos y era legitimado por unas leyes que promovían la liquidación de los resguardos. Lame retomó buena parte de las luchas históricas dadas por los grandes líderes que le antecedieron, principalmente las del cacique Manuel de Quilo, buscando desde el “derecho preferencial” la prevalencia en la propiedad de los pueblos originarios sobre el territorio habitado; del legado de Juan Tama retomó la lucha por unificar a su pueblo en torno a la autonomía política, resaltando al Cabildo indígena como base de autoridad y centro de organización. Además, como complemento y particularidad de la fase de resistencia iniciada en el Cauca por Quintín Lame, se destacó su lucha por la unión de los paeces con otros pueblos en el Huila y Tolima, cuando se dio cuenta que el derecho burgués, tantas veces reclamado por él, en Bogotá no se aplicaba.

Manuel Quintín Lame resume en buena medida las luchas de los pueblos ancestrales del siglo XX. Ya en su despuntar durante la guerra de los mil días, en la que participó (1899-1903), comenzó a formarse de manera empírica en leyes para defender a su pueblo de la trapacería judicial del Estado colombiano al servicio de los terratenientes, una lucha que lideró incansable y constantemente, combinándola con la educación, organización y movilización en los resguardos y aun en otros poblados donde los indígenas (principalmente terrajeros) eran vilmente explotados, discriminados y oprimidos. Una lucha que le costó la persecución continua y el encarcelamiento en cerca de doscientas ocasiones.

Con este ideario, Quintín Lame luchó liderando en el Cauca y Huila a sus hermanos nasa hasta 1920; luego, tras el acoso, encarcelamiento y persecución constante por parte de los hacendados y políticos locales en el Cauca, en cabeza de José Gonzalo Sánchez, se dirigió hacia Huila y Tolima y orientó su trabajo principalmente hacia la reconstrucción de algunos resguardos liquidados en el siglo XIX, como fue el caso del resguardo de Ortega y parte del de Chaparral en Tolima, entre 1920-1939; dicho movimiento duró hasta 1953, cuando la ofensiva terrateniente en tiempos de la “Violencia” lo debilitó. En sus últimos años, Quintín Lame se dedicó a escribir memoriales. Murió en 1967, pero sus banderas continúan enarboladas por los nasa y otros pueblos indígenas hermanos del suroccidente colombiano.

Gonzalo Castillo Cárdenas sintetiza las principales luchas de Lame de la siguiente manera: la defensa de las Comunidades indígenas y su indivisibilidad; la consolidación del Cabildo como base político-organizativa; la recuperación de las tierras robadas, desconociendo los títulos no basados en cédulas reales; la liberación de los terrazgueros, negando el pago de renta de la tierra en trabajo; y “la afirmación de los valores culturales indígenas y rechazo a la discriminación racial y cultural a que son sometidos los indios colombianos”.

La figura de Quintín Lame reaparecerá como un gran eco ensordecedor para los oídos y los odios oligarcas del suroccidente colombiano y del Tolima, aún después de su muerte en 1967. Primero, bajo el ejemplo del padre indígena Alvaro Ulcué Chocué, que acompañó y alentó la recuperación de tierras indígenas, al tiempo que enfrentó y condenó a los terratenientes y gamonales locales, lo cual le valió la muerte a manos de sicarios el 10 de noviembre de 1984, un día después del desalojo de una toma indígena en Corinto que Ulcué apoyó y dos días luego de haber afrontado en su casa cural las acusaciones por parte del ministro de defensa y dos generales más de instigar las “invasiones de tierras”.

Y Quintín reaparecerá inmediatamente después, ya en la forma de milicia, como la primera guerrilla indígena en América Latina, la cual llevaba su nombre: “Movimiento Armado Quintín Lame”, que operó entre 1984 y 1991. Es como si su espíritu ancestral persistiera a través del tiempo y no quedase satisfecho hasta no cumplir sus ideales de lucha.

¡Honor y gloria al gran Quintín Lame!

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