La Minga, el subpresidente y el Congreso de la Moda

Por Renán Vega Cantor

Foto: Radio 1040 a.m. Popayán

Al mismo tiempo que se desenvolvía la Minga indígena y popular se llevó a cabo el Décimo Congreso Latinoamericano de Moda. La primera reclamaba la presencia de Iván Duque, quien dice oficiar como presidente de este país. Pero se negó a darle la cara a los miles de indígenas y trabajadores que se congregaron en Bogotá desde el domingo 18 de octubre y se movilizaron por las calles de la ciudad capitalina el miércoles 21. El Congreso de Moda fue inaugurado en forma virtual desde el Palacio de Nariño por Iván Duque el lunes 19 de octubre. Estos dos hechos opuestos que se presentaron al unísono en este país indican el carácter antipopular del régimen del subpresidente Iván Duque y muestran la profunda grieta social que separa a las dos Colombias: la minoritaria de los ricos y poderosos, y la mayoritaria de los pobres y desvalidos.

La Minga se organizó desde el departamento del Cauca e inicialmente llegó a Cali, en donde unos diez mil indígenas estuvieron esperando en vano a Duque, quien nunca dio la cara, como clara muestra de lo que le interesan los problemas reales del país. Esa decisión irresponsable obligó a los mingueros a desplazarse hasta Bogotá. Desde el comienzo de la Minga entró en funcionamiento la propaganda mediática de los uribistas y sus áulicos que, con un profundo racismo y desprecio por los indígenas, dijeron que era una protesta injustificada, organizada por el “terrorismo” y el preludio del caos y la destrucción que iba a sufrir Bogotá.

Ganaderos, terratenientes, grandes comerciantes, el notablato de los gremios de empresarios y sus voceros periodísticos se encargaron de difundir mentiras y calumnias contra la Minga. El ganadero José Feliz Lafaurie insinuó que no eran indígenas los que se movilizaban hacia Cali y Bogotá, porque usan botas y uniformes similares a los que emplean los guerrilleros. Otros voceros del Consejo Gremial replicaron un sinnúmero de disparates: los indígenas son los verdaderos terratenientes de Colombia; a nombre de la diversidad gozan de unos privilegios y derechos que el resto de colombianos no tienen; con sus costumbres y sus idiomas son ajenos al resto de colombianos; y, entre las peores sugerencias, que son narcoterroristas y con el dinero que atesoran por las actividades ilegales financian un costoso viaje a Bogotá.

En este último sentido, la referencia más miserable la hizo el régimen de Duque y las fuerzas militares al presentar en público un dudoso hecho, como fue la supuesta incautación en el Cauca de un moderno laboratorio para el procesamiento de cocaína, dentro de los territorios indígenas, en el mismo instante que la Minga se encontraba en Bogotá. De ahí la propaganda de los uribistas dedujo que el regreso al Cauca de los mingueros se producía para ir a defender los laboratorios y mirar qué les había quedado, luego del patriótico montaje del Ejército.

Se insinuaba que la protesta era política, como si estuvieran haciendo un gran descubrimiento, porque la Minga vino a denunciar sus muertos y a pedirle explicaciones al régimen sobre las razones por las cuales matan a indígenas, excombatientes y otros colombianos pobres a lo largo y ancho del país. Como si la defensa de la vida y los territorios no fuera un asunto político.

En resumen, los indígenas son la expresión de la Colombia profunda, siempre en el abandono por el Estado y las clases dominantes, que se convierten en noticia pasajera cuando se registra alguna masacre, bombardeo de las fuerzas armadas o alguna violación por parte de los “héroes” de la patria (como sucedió con la niña Emberá en Risaralda), pero que siempre soportan miseria, hambre, desempleo y violencia.

Ese país, el de las mayorías de Colombia, no es el de Iván Duque ni el de las clases dominantes. Su país es el de la simulación, el de los “colombianos de bien”, el de las pasarelas de la moda, con sus mentiras y engaños de pretendida belleza y vulgar exhibición mercantil de cuerpos y silicona. Tan grandioso certamen de la moda fue inaugurado por Duque, en forma virtual, desde el Palacio de Nariño, a escasas dos cuadras de donde se congregaba la Minga indígena y popular.

Con los indígenas, los estudiantes, los trabajadores, los campesinos, Duque nunca dialoga, porque, según afirma, para eso está el Parlamento, pero con los mercachifles de los cuerpos, las cirugías plásticas y los trapos finos no solo dialoga, sino que convive con ellos, dizque porque ellos encarnan las “industrias creativas” y “naranja” que exhiben sin pudor su banalidad en las pasarelas. La información oficial de la Presidencia presentó así ese “trascendental evento”: “El Presidente de la República, Iván Duque Márquez, participa este lunes 19 de octubre en la inauguración de la décima edición del Congreso Latinoamericano de Moda (IXEL) y el Encuentro de Industrias Creativas, cuyo tema central será ‘Hoy, un futuro no imaginado’”.

El lema es muy pertinente, porque los mercaderes de la moda hablan de un futuro radiante de negocios y ganancias, mientras que en la Minga no hay que imaginarse ningún futuro luminoso, porque el pasado y presente que han soportado está lleno de muerte y terror, generado por quienes están haciendo trizas cualquier atisbo de paz.

Duque, al negarse a hablar con la Minga, representa a las mil maravillas a esa Colombia excluyente, racista, clasista, sexista, que exalta la opresión y discriminación, como lo expresó una energúmena mujer que, en Bogotá, a grito herido les dijo a los indígenas: “no los queremos. Que se vayan para su tierra, que son ignorantes, brutos, tercos… porquerías”. De seguro, esa dama tan refinada adora a los maniquíes de la moda, que son para Duque grandes emprendedores, colombianos de bien, que ahora pretenden ser los “creadores” de la cultura en este país.

Duque aseguró en su discurso de instalación del Congreso de Moda que “Nuestro compromiso desde el Gobierno es poner la cultura en el centro del desarrollo”. Claro, la cultura de la muerte, del desprecio, del racismo, como se evidencia con el trato dado a la Minga.

Que Iván Duque concentre su atención en un Congreso de Moda y no hable con la Minga, aparte de rubricar su clasismo, denota su “profunda” idea de cultura, propia de su universal bagaje literario en el que sobresale Blanca Nieves y los 7 enanitos. Para personaje tan culto, que se mueve en el ámbito de la economía naranja y las “industrias creadoras” (como la de La Moda), los indígenas son unos patirrajados incultos, con los cuales no puede perderse un minuto, mientras que los diseñadores de la moda, las modelos y cantantes como Maluma encarnan la cultura por excelencia y por eso con ellos sí se puede reunir durante horas para compartir sus grandes valores culturales, que no son otros si no los de la estupidez generalizada y la ignorancia criminal de la Colombia traqueta.

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