Elecciones en Bolivia

El fraude fue en la OEA

Por Renán Vega Cantor

Foto: AFP

En las elecciones presidenciales que se llevaron a cabo el 18 de octubre en Bolivia triunfó Luis Arce, el candidato del MAS (Movimiento al Socialismo). Los resultados oficiales indican que Arce obtuvo el 55.10% de votos, mientras que Carlos Mesa, de Comunidad Ciudadana, el 28.83% y Luis Fernando Camacho, de Creemos, el 14%. Ha sido una paliza electoral y democrática la que el pueblo de Bolivia le propinó a la extrema derecha de su país, del continente y del mundo. Entre los derrotados se encuentran el gobierno de Donald Trump (y el imperialismo estadounidense en general), la Pandilla de Lima (en la que sobresale el régimen del subpresidente colombiano Iván Duque), la falsimedia internacional con sus opinólogos y expertos a sueldo, pero especialmente el Ministerio de Colonias de los Estados Unidos que se conoce como la OEA (Organización de Estados Americanos).

Triunfo contra la dictadura cívico-militar y mediática

Este triunfo adquiere un relieve especial por el contexto y las condiciones en que se logró, en medio de una dictadura criminal, que se implantó hace once meses, luego del desconocimiento del triunfo de Evo Morales en las elecciones presidenciales de octubre de 2019. Con anticipación a esas elecciones, la derecha boliviana, aupada por Washington, había manifestado que no reconocería las elecciones si ganaba Evo Morales, y eso fue lo que hizo luego de conocerse el resultado, en que el presidente fue reelegido con el 45% de la votación. Eso dio pie a una insurrección de la extrema derecha, encabezada por el candidato derrotado Carlos Mesa y por el racista Luis Fernando Camacho, de Santa Cruz. Esa insurrección terminó en un golpe de Estado, con la participación de la Policía y el Ejército que obligó a dimitir a Evo Morales. Este golpe contó con el respaldo de la OEA, en cabeza de Almagro, esa marioneta de los Estados Unidos que oficia como Secretario General.

La jugada de la OEA consistió en señalar que las elecciones habían sido fraudulentas y era necesario repetirlas. Aunque su triunfo era indiscutible, el gobierno legítimo de Evo Morales cometió el error de admitir la injerencia de Almagro y aceptó repetir las elecciones. A pesar de ese hecho, la extrema derecha no se detuvo y continuó con el golpe de Estado, el que culminó con la toma del Palacio Quemado por los golpistas.

Como para que no quedaran dudas de lo que querían, los golpistas entraron al Palacio con una biblia gigante, con anuncios de que nunca más iba a gobernar un indígena e iniciaron la cacería de brujas contra Evo Morales, el vicepresidente Álvaro García Linera e importantes funcionarios del gobierno depuesto. De inmediato esos golpistas empezaron a atacar a las bases sociales que apoyaban al MAS, con una represión brutal en la que la naciente dictadura asesinó a 37 bolivianos e impuso por la fuerza en la presidencia a Jeanine Añez.

El golpe contó con un variopinto apoyo, que iba desde la extrema derecha interna y mundial, hasta sectores del feminismo decolonial e intelectuales que se presentan como expertos en movimientos sociales y dicen apoyar las luchas indígenas. Falsimedia tradicional (prensa, radio y televisión), junto con las redes (anti)sociales, se convirtieron en los órganos de propaganda del golpe, al crear una matriz mediática que lo justificó, al recalcar como punto nodal que en las elecciones se había cometido un fraude monumental y eso lo había confirmado la OEA de Luis Almagro. Este fue el mantra que se repitió hasta el cansancio durante los once meses anteriores y se instaló como la “nueva verdad” de lo que sucedió en Bolivia, para recalcar que se justificaba el golpe, peor aún, que no fue golpe de Estado sino una renuncia voluntaria de Evo Morales, con lo que de manera implícita este reconocía el pretendido fraude que se le endilgaba.

La farsa de la OEA

La intervención de la OEA en las elecciones de Bolivia de noviembre de 2019 es una ignominiosa página en la historia latinoamericana por el nivel de injerencia alcanzado, a favor de la extrema derecha y del imperialismo estadounidense y sus súbditos. Sin tener ningún soporte técnico y con estruendosas fallas metodológicas, la OEA habló de fraude cuando se detuvo el conteo electoral y mientras llegaban los resultados de zonas distantes del país, en las que Evo Morales obtuvo una gran ventaja. La noticia la dio como un hecho confirmado y no como una opinión y esa decisión se constituyó en la justificación de la insurrección de la extrema derecha, que se volcó hacia La Paz, con la participación de la Policía y el apoyo tácito de las Fuerzas Armadas.

A las pocas semanas, diversas organizaciones internacionales, entre ellas universidades de los Estados Unidos, demostraron las mentiras de la OEA, e indicaron que Evo Morales había ganado en forma limpia las elecciones. Claro, esos estudios quedaban como constancias históricas del fraude de la OEA, pero no podían detener el proyecto dictatorial en marcha, con su cortejo de represión y muerte.

Las elecciones del pasado 18 de octubre desnudaron la magnitud del fraude electoral cometido por la OEA, que condujo a una dictadura y a crímenes de lesa humanidad en el territorio de Bolivia, con el desconocimiento de la decisión soberana y democrática de la población de ese país. Dos aspectos prácticos comprueban las mentiras de la OEA. Primero, el triunfo inobjetable del candidato del MAS, el mismo partido de Evo Morales, con una mayor votación que la obtenida por el presidente legítimo un año antes, dato que adquiere más relieve si se tienen en cuenta las condiciones de represión y acoso en que se realizaron las elecciones.

Segundo, la OEA adujo que en las zonas rurales en que se demoró el recuento de votos en 2019 hubo fraude, pero en esas mismas regiones el MAS ganó nuevamente e incluso aumentó sus votos. Algunos ejemplos lo muestran. Así, el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG) efectuó un estudio comparativo entre las elecciones de 2019 y 2020, encontrando que, en los 86 recintos objetados por el informe de la OEA, el MAS alcanzó el 97% de la votación, en comparación con el 91.6% que había obtenido Evo Morales. En el mismo sentido, el Centro de Investigación en Economía y Política con sede en Estados Unidos (CEPR, por sus siglas en inglés), detectó que en 13 actas electorales de 2019 que la OEA había señalado como fraudulentas, el MAS alcanzó la misma cantidad de votos, lo que establece de manera indiscutible que no hubo tal fraude.

Y esto a su vez confirma que lo que ha soportado Bolivia desde el 10 de noviembre del año anterior ha sido una criminal dictadura, impuesta por un golpe de Estado, y con un acumulado de odio y terror, con decenas de asesinados y centenas de heridos y encarcelados. A la OEA le cabe en consecuencia la responsabilidad directa de ese golpe de Estado y las masacres subsecuentes que se desencadenaron. ¿Cómo van a responder por esos crímenes la OEA y la Pandilla de Lima? ¿Será que, nuevamente, van a quedar impunes estos crímenes que propició y avaló el Ministerio de Colonias de los Estados Unidos? ¿El nuevo gobierno de Bolivia va a olvidar fácilmente la brutal injerencia de la OEA y no va a adoptar ninguna medida contra esa caduca organización que solo sirve a los Estados Unidos?

Triunfo sobre la posverdad

La otra gran derrotada en la jornada electoral del 18 de octubre en Bolivia ha sido la posverdad (es decir, la mentira) de falsimedia y compañía. Esta se había encargado de difundir numerosas mentiras, replicadas en miles de páginas virtuales apócrifas, creadas exprofeso para el caso de Bolivia, miles de las cuales desaparecieron luego de consumado el golpe de Estado del 10 de noviembre del año anterior.

Algunas de esas mentiras son las siguientes: el supuesto fraude electoral de 2019, la renuncia voluntaria de Evo Morales, no hubo golpe de Estado, y se había recuperado la democracia y expulsado a un tirano de izquierda… Para la muestra un botón colombiano. Beethoven Herrera Valencia, profesor de la Universidad Nacional, columnista de Portafolio (El Tiempo), declarado como el mejor profesor de economía del país en 2009 por esa misma revista Portafolio y especialista en América Latina, publicó una columna en el mencionado periódico el pasado 14 de octubre, en donde dice esta perla: “Hubo serios indicios (¡!) de fraude electoral identificados por una auditoría (¡!) de la OEA avalada por la Unión Europea y, por ello, los militares le recomendaron (¡!) a Evo renunciar, para frenar la ola de protestas y desmanes, lo que calificó (¡!) como golpe de Estado”.

Es difícil encontrar tamaña síntesis de la infamia sobre lo acontecido en Bolivia, porque en unos cuantos renglones se reúne gran parte de las mentiras de la OEA y compañía que acaba de desmentir el pueblo boliviano en las urnas el 18 de octubre. Que se sigan diciendo tales mentiras, y por la pluma de un “experto”, después de los numerosos estudios independientes que comprobaron que en las elecciones presidenciales de 2019 el fraude fue de la OEA, indica el despiste de los opinólogos colombianos, un país en donde, entre otras cosas, el apoyo mediático al golpe contra Evo Morales en 2019 fue unánime.

Por eso, da grima el titular aparentemente cándido de El Espectador en su editorial del 20 de octubre: “El sorpresivo triunfo del MAS en Bolivia”. Más bien El Espectador y los miembros de la Falsimedia criolla, con sus opinólogos y expertos de cabecera, deberían hablar de “Nuestra sorpresiva y vergonzosa derrota en Bolivia”.

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