Editorial No 58: La pelea es aquí y ahora

Pintura para el Colegio de Profesores
de Valparaíso (Chile) – Alfonso Luis Pajarito

Una de las primeras cosas que hizo el expresidente Uribe después de ser notificado de su libertad (no de su inocencia) fue anunciar su programa político para la campaña presidencial de 2022. Dicho programa se reduce a un ataque frontal a la JEP y una reforma constitucional para acabar con las Altas Cortes. Es decir, profundizar el autoritarismo y garantizar la impunidad para sí y para el séquito de criminales de los que se ha rodeado desde siempre. Lo preocupante es que muchos sectores de la izquierda asumieron que efectivamente la pelea de ahora en adelante es electoral; de hecho, había ya, desde mucho antes, quienes planificaban todas sus acciones y estrategias orientadas a la campaña presidencial de 2022, convencidos de que la inconformidad que hoy se expresa en las calles contra el presidente Duque habría de traducirse en derrota electoral para la ultraderecha neoliberal que ha gobernado este país desde hace ya tantos años.

Pero hay poco realismo en tal esperanza. Primero, porque buena parte de la gente que se moviliza en las calles es antielectoral, pero también porque la derecha, que tiene muchísimos disfraces, se mueve perfectamente en esa arena. Por eso ahora empiezan a agitarse dentro de varios sectores de la clase política tradicional las propuestas de una gran coalición “democrática de centro”, con miras supuestamente a derrotar los extremos. Es una jugada política que pretende mostrar como salvadores a aquellos que por décadas han acabado con el país y han impuesto la corrupción, la inequidad y la pobreza. El discurso lo han venido construyendo desde hace años, presentando como radicales y extremistas los discursos y opciones políticas que han confrontado con mayor decisión y claridad no solo a la ultraderecha sino a todo el sistema de corrupción y a la politiquería que la ha hecho posible. Así que el propósito de dicha coalición pretende mantener las cosas tal y como están, pero apelando a un discurso supuestamente más incluyente.

Menos realista todavía resulta creer que los cambios estructurales que necesita este país se logran mediante un simple cambio de presidente a través de unas elecciones transparentes. Ello desconoce varios elementos fundamentales de la política hoy: primero, que no se puede contar en Colombia con elecciones transparentes. Hace ya varias décadas que el narcotráfico se coló en las campañas presidenciales, para el Congreso y para gobernantes locales. Lo que quiere decir, como ya han mostrado las declaraciones de varios paramilitares presos, que la mejor opción para ser presidente la tiene aquel que logre el mejor negocio con los narcos.

Pero desconoce sobre todo las prácticas políticas de la oligarquía, que en todas partes ha hecho hasta lo imposible por no dejar gobernar a aquellos que tienen ideas alternativas y orientan sus estrategias a resolver los problemas estructurales que mantienen a buena parte de la gente en condiciones de miseria, opresión y exclusión. Allende en Chile es el caso paradigmático y antes que él, Árbenz en Guatemala. Más recientemente podemos sumar el caso de Chávez y ahora de Maduro en Venezuela, por si no fuera suficiente el infame bloqueo en que el imperio mantiene a Cuba desde el inicio mismo de la revolución; porque el ataque contra los gobiernos alternativos no proviene solo de la derecha capitalista de su país: frente a las posibilidades de trasformaciones que afectan estructuralmente el proceso de acumulación de capital, los capitalistas de todo el mundo se comportan como una clase unida.

Así que un triunfo electoral de la izquierda solo es sostenible si se sustenta, más allá de los votos, en grandes procesos organizados de los sectores populares que se empoderen y estén en capacidad de defender el proyecto alternativo. Algo que, por supuesto, está muy lejos de ocurrir en Colombia, donde la desarticulación, y por tanto debilidad, de los procesos y organizaciones populares es crónica desde hace ya varios años.

Lo anterior no implica, desde luego, restarles importancia a los procesos electorales. Hay quienes aseguran que participar en las elecciones es legitimar esta democracia, pero tal y como está organizado este sistema, poco impacto tiene realmente esta actitud, aparte de que no se acompaña con alternativas concretas. En cambio, la indiferencia termina siendo garantía para que se mantengan en el gobierno los personajes y los partidos más desastrosos para los intereses de los pobres y oprimidos.

Las elecciones deberían, sin embargo, ser solo una de las estrategias de la izquierda, articuladas con todos los procesos de fortalecimiento organizativo y estratégico de los sectores populares. Es más, solo sería legítimo y probable un triunfo electoral de la izquierda si es el resultado de un proceso amplio de organización, movilización y articulación permanente de los pobres, obreros, ambientalistas, indígenas, negros, feministas, animalistas y todos los que estamos interesados en transformaciones estructurales en favor de la justicia y el buenvivir.

Además, dicha victoria solo sería sostenible si transforma realmente nuestra cultura política y con ella las instituciones, sostenidas desde hace mucho en prácticas corruptas, clientelistas y mafiosas. De ello ha dado pruebas fehacientes y abundantes el Congreso de la República. No solo se quedó en la memoria de los colombianos el parte de victoria que daba Mancuso en 2004, cuando aseguraba que el 35% del Congreso era cuota paramilitar. Después, los congresistas investigados por parapolítica fueron instados por el propio presidente a votar los proyectos del gobierno antes de que los arrestaran. Las pruebas más recientes las constituyen la carta con la que un grupo de senadores usurparon la decisión del Senado en pleno a propósito de la autorización del tránsito de tropas gringas por el territorio nacional, y las estrategias descaradas con las que el presidente del Senado y los congresistas uribistas clausuraron la posibilidad del debate de moción de censura al ministro de defensa. Estos congresistas no llegaron al Congreso a pesar de ser corruptos e inmorales, sino precisamente por ser así. Porque la corrupción, el clientelismo, la traición y demás son elementos claves de la política en Colombia hoy.

Quienes aspiran a ser elegidos en los próximos periodos tienen ahora la oportunidad de articularse a las movilizaciones que desde las calles confrontan las políticas descaradas y autoritarias del actual gobierno y exigen su renuncia. Solo desde la dinámica de las propias organizaciones y los procesos populares se puede transformar de verdad la cultura política en la que hoy se sostiene la más infame opresión de las instituciones contra los pobres y en favor del gran capital. Los procesos populares son los escenarios legítimos para construir estrategias y programas políticos de largo aliento que nos ayuden a erigir un mundo a la medida de nuestros anhelos de vida digna y justicia planetaria. Lo demás es discurso.

Detalle de Mural en homenaje al Gitano Rodríguez –
Alfonso Ruiz Pajarito

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s