La ira de Dios 

Por Adonaís Jaramillo  

La ignorancia y la experticia  

Terminan por igual  

Haciendo daño.

  

Ilustración: Tomada de circulobellasartes.com

El árbol estaba allí, volcado. Las lluvias de mayo lo abatieron. Le decíamos confite, como se le conoce familiarmente a los de su especie. Era un árbol de hojas brillantes y cuando sus frutos carnosos maduraban anaranjados, los azulejos no les daban tregua.  

Carlos salió al parque a pasear a su perro Greñas, como todos los días, cuando lo vio. Vio al árbol en esa posición, no se le ocurrió otra cosa que convocar a un convite para levantarlo. Convite para el confite fue el lema.  

Al fin y al cabo, no era tan alto. Lo sabíamos porque en otras ocasiones el grupo de amigos que nos reuníamos casi a diario en el parque de Los Sentidos, cerca del corredor ecológico de la quebrada Anadiez, donde las ardillas se pasean por el dosel que forman los guamos y los quiebrabarrigos, unidos por una disposición afectiva a cuidar, ya habíamos mimado al confite limpiándole varias veces la parásita que dejan los azulejos en sus excrementos, después de picotear compulsivamente sus drupas maduras.  

Decimos que somos un colectivo sin reglamentos ni horarios ni días precisos para estar, pero que espontáneamente se une para cuidar el patrimonio natural que tenemos, como el confite. Unos recogen basura, otros siembran árboles, otros hacen ejercicio, otros juegan con sus perros. Nos vemos en el parque con tanta frecuencia que hasta nos extrañamos, y notamos la ausencia si alguno falta. 

Por eso cuando Carlos convocó al convite no lo pensamos dos veces. Julio tomó la iniciativa y lo primero que discutimos fue la necesidad de descopar al árbol para quitarle peso, hacerlo más liviano y facilitar el procedimiento. Los que somos jardineros y hemos llegado a la misma conclusión que el Cándido de Voltaire, que “debemos cultivar nuestro propio jardín”, acudimos con las sierras podadoras manuales para quitarle el follaje.   

Recién empezábamos la delicada operación cuando una figura escuálida apareció de la nada. Era un moreno con aire de trasnocho, pobremente vestido, quizá un habitante de la calle. Parecía extraviado y musitaba un rezo en estado de embriaguez o alucinamiento, no podría asegurarlo. A pesar de su mirada perdida lo invitamos a participar en el convite. “¿Nos puedes ayudar si quiere?”, le dijimos mientras poníamos en sus manos una pequeña sierra que trató de accionar sobre las ramas, pero rápidamente la devolvió. Se retiró a unos veinte metros de nosotros y observó durante algunos minutos lo que hacíamos con aire contrariado, como si cada movimiento le desgarrara el alma. 

El confite se levantó para alivio de todos. Cuatro cuñas que recogimos de la operación del descope sirvieron para asegurarlo en posición vertical. No tuvimos dudas: el árbol iba a resucitar. Estaba calvo, pero sabíamos que las hojas y las bayas iban a brotar de nuevo con el tiempo. Sin el follaje, sus brazos desnudos dejaban ver la savia represada y los vasos venosos por donde circulan el agua y los nutrientes lucían intactos. Todos coincidimos en que este hecho revertía el refrán que dice: “al caído caerle”. No. ¡Nosotros levantábamos al caído y él parecía seguro de volver a extender sus raíces!  

Pero el entusiasmo no duró mucho. Al día siguiente conversé con Carlos: “Carlos, tan raro, el árbol está volcado otra vez, le quitaron las cuñas”. Las cuñas todavía estaban en el suelo alrededor del árbol. No podíamos creer lo que estábamos viendo. Le preguntamos a uno de los celadores del parque, pero no supo responder. Parados frente al árbol, sin palabras, pero adentro maldiciendo, nos abrumaba todo tipo de conjeturas sobre quién y por qué lo estaba haciendo.  

Aun así, decidimos volver a levantarlo. Y ocurrió lo mismo. Al día siguiente encontramos al confite en el suelo, pero esta vez las cuñas habían desaparecido. Era como si una fuerza incontrolable lo derribara. Intentamos tres, cuatro, cinco, muchas veces. Y la mano invisible volvía a tumbarlo. Ante el confite caído sentíamos impotencia, frustración.  

Un día pasó una cuadrilla de jardineros del Jardín Botánico por el parque. Parecía una milicia camuflada de flores comandada por un ex militar que daba órdenes y esquivaba el trato. Cuando varios de nosotros nos acercamos a expresarle la necesidad que teníamos de levantar el árbol, nos dijo: “Voy a reportarlo para que desde arriba tomen una decisión”.   

Después le pedimos a una patrulla de la policía que pasaba por el parque que nos ayudara a identificar al culpable. El culpable tenía que ser un maldadoso, ¿quién más podría estar interesado en no dejar que un árbol viviera? Nos preguntamos todos, a lo que el sargento respondió aclarando sus alcances legales: “Este caso no nos compete”.   

Así que mientras esperábamos cualquier señal para resolver el caso, en el grupo de amigos especulábamos sin dar en el clavo quién podría ser el sospechoso que le quería hacer daño al árbol. Fue Jorge, el aguatero de los árboles sedientos en verano, el que nos reveló el asunto cuando ya todos nos dábamos por vencidos, diciendo con aire de misterio: “Les voy a contar un cuento… la persona que no deja parar el árbol es el hombre escuálido que vocifera en el parque con la biblia en la mano, el mismo que se arrepintió el primer día de ayudarnos”. Lo había conocido el día anterior, cuando estaba con Mónica, su mujer, mirando el árbol: “Nos conminó al infierno si nos atrevíamos a ponerlo en pie”, prosiguió Jorge. El hombre de la biblia le insistió que la caída del árbol era una señal, una orden divina, que era “la ira de Dios” y él su brazo. “No hay nada qué hacer”, les dijo resignado. 

Al siguiente día el brazo armado resultó ser otro. El designio de Dios quizá era dejarlo ahí, tendido, agonizando en vida como si fuera un “pecador”, pero algo más poderoso que la ira divina se manifestó: un dictamen de la autoridad competente.  

Durante varios días especulamos sobre su naturaleza: “Individuo arbóreo referenciado en la nomenclatura botánica como Bunchosia armeniaca, conocida vulgarmente como confite o ciruelo. Altura: 3.5 metros. Estado: volcado. No viable. Aprovechamiento: no aprovechable. Se ordena apeo”. Así fue como una cuadrilla comandada por un capitán botánico, cumpliendo órdenes de más arriba, lo taló.  

Coda 

El celador dice que el hombre de la biblia recorre todas las noches el parque como un sonámbulo. La religión mal digerida, como la droga, hace mucho daño

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